El año pasado, al igual que otras treinta y nueve personalidades de la sociedad navarra respondí a las preguntas que desde la revista E-Ribera se me hicieron con motivo del confinamiento y de la cuarentena. 

La pandemia nos pilló a todo el mundo por sorpresa, "con el paso cambiado" como dije en su día y para mucha gente fue un tiempo propicio para la reflexión. Entre los temores infundados por la nueva situación, la poca información que se manejaba sobre el tema y las dudas a futuro, el tiempo nos brindaba una oportunidad para pararse a pensar en la sociedad que teníamos y la que deberíamos de moldear no por nada en especial, tal vez porque es la propia supervivencia como especie lo que está en juego. 

"De ésta saldremos mejores" era uno de los mantras más extendidos. Y no era porque no había "mimbres para el cesto". A veces me da la impresión de que no hemos entendido nada y ansiamos salir cuanto antes de ésta, para volver al estadio pre pandemia. Y lo cierto es, que por mucho que queramos, nada va a ser como era antes. 

La poca conciencia que podíamos haber tomado se ha quedado en el saco, sin tocar siquiera. Un colega me dijo un día que lo encontré paseando por el campo, que "en todo caso la buena gente saldrá más buena, pero los malos, saldrán peores". Y tal vez no le falte razón. Muchas prisas por retomar un estilo de vida que nos lleva al precipicio. 

Porque conspiraciones aparte, la naturaleza nos devuelve el golpe. Ésto no va de guerras bacteriológicas aunque la geopolítica esté presente. Ésto va de que el ritmo de vida que impone el capital, la producción desorbitada, el consumo desbocado, trae consigo (entre otras cuestiones) la agresión al medioambiente en cualquiera de sus manifestaciones (contaminación, acabar con los recursos, cambio climático, desaparición de flora y fauna, etc.) y por tanto una progresiva desaparición de la barrera natural que nos protegía de riesgos como el actual virus. 

La escasa conciencia colectiva se pone de manifiesto cada vez que alguien antepone su interés al interés general. No defienden la libertad, defienden una suerte de libertinaje donde cada uno pueda ser libre de hacer literalmente lo que quiera aún poniendo en riesgo la vida e integridad del resto. 

¿Sólo el pueblo salva al pueblo? Tal vez, pero para ello necesitamos conciencia de pueblo. La verdadera libertad no emana de dicho libertinaje, sino de la igualdad. Para ser libres hay que ser iguales y esa igualdad sólo se puede alcanzar por medio de la justicia. Igualdad tampoco es equidad, porque no hablamos de "a todos lo mismo", sino de "a aquel según sus necesidades, de aquel según sus posibilidades".

Y no podemos hablar de sociedades libres allí donde hay desigualdades abismales, tampoco en un mundo donde, ante una pandemia mundial, los países ricos pueden comprar vacunas antes y más cantidad que los países pobres, con maniobras geopolíticas (ahí sí) que condicionan acciones internacionales y una industria farmacéutica que antepone sus ganancias, al cometido de salvar a millones. 

Lo que tiene que traer el fin de la pandemia, insisto, por una cuestión de supervivencia es una ecuación que tal vez sea demasiado ambiciosa, pero que de eso depende nuestra existencia; consumir menos, para producir menos, y trabajar menos para poder trabajar todas y todos. Reorientar la economía hacia la satisfacción de las necesidades básicas en primer lugar y que esa economía se ponga al servicio de la gente. 

Cambiar las prioridades, alejarnos de lo macro (pues acaba por marginar a las clases populares) y darle importancia a las cosas más sencillas y cercanas; economía de cercanía, consumo de productos de km. 0, el descanso, interacción con la naturaleza, la extensa cultura, la sexualidad sana, etc. Cuidar y darle un respiro a la Amalurra, nuestra Madre Tierra. Y por supuesto valorar la ciencia y la tecnología que nos facilita la existencia. 

La cooperación debe sustituir a la competición, necesitamos, como hemos comprobado durante la pandemia, redes de apoyo mutuo, reforzar y reivindicar el auzolan (trabajo comunitario), y desarrollar la solidaridad, que a fin de cuentas se ejerce de forma horizontal, no como la caridad, que es vertical y necesita de desigualdad para existir. Desigualdades que en muchos puntos de la tierra vienen de la mano de crisis y guerras financiadas por el propio capital. Alguien pensará, "utópico". 

Pero no, no es utópico; es necesario. Y a fin de cuentas, ¿qué es la utopía, sino el intervalo de tiempo que pasa desde que alguien plantea una idea hasta que ésta se materializa? Durante el confinamiento vimos que era posible vivir con menos, sin lujos y más despacio. Hay que reflexionar y entender que no podemos seguir creciendo infinitamente como impone el capital, si vivimos en un planeta finito. 

El trabajo es arduo, pero nadie dijo que fuera fácil. Hace falta cambiar al mundo de base, como canta La Internacional, y empezar por abajo; pensar globalmente, sí, pero actuando localmente, cada cual en base a su compromiso y capacidad. 

Porque como dijo Lucio Urtubia en su día, "hay que hacer cosas, aunque sean pequeñas; daos cuenta que la gota más diminuta, puede colmar el vaso". Al lío, que no nos queda tiempo.


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