Las cadenas de Navarra y la reivindicación histórica de su independencia









Por Eneko Abal, en Orain:

No es una coincidencia que abunden en estos días charlas, artículos y demás explicaciones sobre Navarra, su bandera, la Batalla de las Navas de Tolosa de 1212 o la invasión de Navarra en 1512. En este mes de julio se cumplen 805 años de la Batalla de las Navas, 505 años de la conquista de Navarra, y 107 años de la presentación de la bandera con cadenas que aún vemos en su escudo oficial.

Una conquista (la resumida en 1512) que no ocurrió durante un año o en un mes de julio; más bien se produjo durante un largo proceso de siglos, revueltas y disputas. En ese recorrido cronológico, la batalla de Úbeda de 1212 entre las navas arábigas y las europeas es uno de sus puntos de inflexión más conocidos y recordados. Aquella Batalla de las Navas de Tolosa se denomina en el lado árabe como la “batalla de la cuesta”, y de ella se cuenta hasta hoy que es la causa de que aparezcan unas cadenas en el escudo de Navarra (según la Ley de Reintegración y Amejoramiento del Régimen Foral de Navarra o LORAFNA).

En la mencionada ley, se describe que las cadenas en el escudo de Navarra son las que se arrebataron “al rey moro Miramamolín el Verde, Al-Nasir” tras perder la contienda. Unas cadenas metálicas que rodeaban la tienda del general árabe, en una estudiadísima formación defensiva, como podemos imaginar. Unas cadenas que, con el tiempo, también describieron en sus documentos el Príncipe de Viana, Carlos; o que se referenciaron en el Privilegio de la Unión de Pamplona. Menciono ambos por ser posteriores a 1212, y por sacar a colación las referencias más típicas.
El asterisco de ocho brazos que fue el dios Sol, Ekhi

Sin embargo, hoy conocemos que, tras la batalla de las Navas de Tolosa, el escudo del Reino permaneció inalterado con otra figura, y no con unas cadenas. Dicho escudo anterior era una forma que la heráldica denomina carbunclo pomelado; dicho coloquialmente, un aspa de ocho brazos en oro y con remates. Un asterisco de 8 brazos, para entendernos, que no aparecía con cadenas. El escudo de Navarra (del cual nos centramos solo en su cruceta) guarda su definición estricta en el Libro de Armas del Reino de Navarra: “boca de medio punto, campo de tinta plana gules, el carbunclo cerrado, pomelado iluminado de oro y delineado de sable”.

Este asterisco o carbunclo ya se había descrito anteriormente, por ejemplo como “bucles d’or mier” en la Chanson de Roland. Y además añadiendo un “d’or est la bucle et de cristal listet”. Estas “bucles” son, en la idiomática romance del lado norte del Pirineo, las antecesoras del “carbunclo”. Más tarde pasan de “boucle” a “escarboucle”, y de “escarboucle” a “carbunclo” (denominado también, y para ampliar, “bloca radiada”).

Para dejar de lado la etimología: podemos decir que el carbunclo o “carbunco” fue una voz utilizada en la poética antigua para definir un objeto que “luce en la oscuridad como el carbón encendido”. Un objeto reluciente que, en la época, era llevado en el frontispicio del yelmo por las personalidades de algunos campos de batalla. Carbunclo fue la forma de denominar no solo al objeto que brillaba, sino también al conjunto completo, con sus brazos brillantes.

Otra referencia fundamental del aspa de ocho puntas aparece también en los propios escudos de la batalla, concretamente en su centro, que estaba protegido por un elemento en aspa radial a modo de sujeción y fortificación de la estructura en los golpes. Incluso la carlina acaulis o“Eguzkilore” es en sí misma una forma de aspa, una bloca radiada. “Eguzkilore”, la flor sol, es también un reflejo del dios Sol representado de forma mínima como un asterisco; un asterisco, una cruceta, que fue en la sociedad eúskara la diosa “Ekhi” ancestral, que aparece junto a su hermana luna en algunas estelas funerarias.
Las cadenas se ganaron por las armas

Pero antes de que Europa utilizara la heráldica y los escudos para distinguirse unos de otros, cada estado-nación se simbolizaba por el sello de su representante en los documentos oficiales. Una representación que hoy podemos ver en las típicas escenas de cine medieval, en ese típico anillo marcado sobre cera roja para dar validez a un escrito. Esos sellos fueron en su día la forma anterior de representar una sociedad. En nuestro caso de 1212 y las cadenas de Navarra, nos centraremos en los de antes y después de la batalla: el sello-incógnita del rey anterior a las Navas de Tolosa, Sancho VI el Sabio, y la admirada águila negra de Sancho VII el Fuerte, el rey navarro en aquella contienda.



Sancho VI el Sabio (1150-1194) pudo ser, fue, denominado “Sabio” por unos logros en la reforma de la administración y la gobernación de Navarra. Y decimos bien: “gobernación”. Sancho el Sabio, hijo deSancho el Restaurador, había heredado de su padre el objetivo de una reforma en Navarra. Esta reforma (siempre resumiendo de forma muy humilde toda una serie de circunstancias) tenía como objetivo ser reconocidos como reyes (Rex) en lugar de duques, que era como se les trataba en las macroinstituciones europeas de entonces. Es poco conocido que la Historia de Navarra y la de Europa en aquellos siglos estaba siendo inundada por una auténtica ola reformista en las leyes de todas sus sociedades. En aquel clima sociopolítico, las zonas cuyos representantes eran elegidos por su propia sociedad eran tratados como duques (repetimos que hablamos de forma genérica); es decir, no eran reyes porque no eran señalados por las instituciones imperiales, sino elegidos por su pueblo.

Era una crisis legal de su tiempo. Federico I “Barbarroja” ya había tenido problemas para aprobar sus “leyes de Roncaglia” en 1158; y, a rebufo de sus tensiones con la Iglesia, surgieron otras, como las de Sancho el Restaurador de Navarra, las de Sancho el Sabio o las de Sancho el Fuerte, que también las tuvo.

Estas tensiones de Navarra y sus duques-reyes concluyeron con el necesario entendimiento para llevar a cabo la Batalla de la Cuesta de 1212. Allí, la llegada de Sancho el Fuerte a la contienda supuso la narradísima victoria contra Miramamolín y los árabes y, según el biógrafo de Sancho VII, Luis del Campo, añadió el apodo de “el Fuerte” al representante de Navarra, llevándose las cadenas que había arrebatado al general “moro” en la disputa.
Las cadenas se convierten en el símbolo del reino

Dos siglos más tarde de la Batalla de la Cuesta, y en una situación de reivindicación regia más que comparable a las del Restaurador y las del Sabio, el Príncipe de Viana Carlos (“Karolus” o “K” en los documentos), amenazado su reinado, denunció las agresiones que sufría con una excepcional argumentación del reinado de Navarra: “Tomó el encadenado de los camellos y de las tiendas y conquistó las cadenas por armas”. En esta afirmación conocemos la explicación del encadenado defensivo y táctico de Miramamolín el Verde, que era utilizado en muchas contiendas arábigas, pero… ¿qué cadenas conquistaron por armas?


Una cadena no solo fue un grillete para esclavizar a alguien, ni unos eslabones más o menos bonitos que colgarse al cuello. “La cadena” también fue un lugar físico donde pagar un tributo. Fue, de hecho, un pago tras un lugar físico de la geografía. Y es una más de las toponimias históricas de Navarra que podemos añadir a otras como facerías, mugas o navas. “La cadena” fue un lugar físico que aún podemos ver hoy en multitud de topónimos cadena con el propio de “cadena”, en “calera” y en las decenas de acepciones euskaras con la raíz “kate-a”.

Efectivamente, es un lugar físico en el que se marcaba la entrada a una legalidad diferente y por ello se pagaba un tributo. Estos lugares (y para describir su geografía de forma descriptiva) tienen una narración similar a la cadena de Constantinopla, en el Cuerno de Oro del Estrecho del Bósforo. La antigua ciudad de Constantinopolis estuvo situada en un puntal geológico sobre el agua y, aunque su situación la hacía casi inexpugnable, se ingenió un resguardo de cadenas sobre el mar por uno de sus flancos marítimos. Eran cadenas soportadas por boyas flotantes que servían para delimitar y defender la bahía de Constantinopolis. Un sistema utilizado también en Sevilla, su Giralda y su Guadalquivir; utilizado también en el castillo de Graccurris (Castejón), su “giraldilla” y su Ebro. También en Tudela, Artajo, Mués, Urroz, Odieta, o los de Estella o Pamplona.

Cada uno de los zonales toponímicos donde aparece una cadena desprende siempre características semejantes: el topónimo cadena brota en lugares estratégicos y de paso, generalmente en un embudo geológico. Así pues, estas características sugieren que las cadenas, la cadena en el escudo, era ese elemento físico y representativo de esas circunscripciones y tributos que Navarra y sus reyes reivindicaban independientes al resto.
La cadena, símbolo reivindicativo de independencia

Pero en 1512 Navarra, su reinado y su territorio, fueron conquistadas “a sangre y fuego”. Las cadenas quedaron entonces divididas en tantos lados como tiene el Pirineo y, a partir de aquel momento, su luchadora monarquía siguió señalando a las cadenas de Navarra. Una de esas monarcas, Juana III de Albret, poco después de la conquista de Navarra y de que se ejecutaran las leyes de Cisneros para destruir piedras y documentos navarros, encargó a Joannes Leizarraga que imprimiera en lengua euskara un texto religioso: el Nuevo Testamento.

De aquel documento no solo se ha heredado una idiomática hasta hoy, sino que su portada dejó una contradicción en el escudo (o una reivindicación) que tras 500 años de violencia sobre Navarra es posible analizar sin tantos complejos.



Durante siglos, capiteles, frontispicios, escudos de esculturas, de monedas, grafías y hasta el texto de Juana III de Albret, mostraron de forma reiterada las cadenas en el escudo. En todo aquel tiempo aparecieron representaciones del escudo con las cadenas de su reino, aun cuando sabemos que la oficialidad del Libro de Armas del Reino de Navarra legalizaba un carbunclo pomelado, no unas cadenas. Las imágenes y representaciones de la cadena se proponen, pues, como una forma antiquísima de simbolizar la reivindicación de independencia de Navarra. Y datan, precisamente, de los siglos de las reformas del Restaurador y el Sabio.

Tras la conquista y la reina Juana de Albret, llegó el siglo XVII, las revoluciones y la imposición de su racionalismo. La horquilla temporal de ese racionalismo, sus reinterpretaciones y sus consecuencias provocaron una aparente desaparición de toda simbología ancestral-natural, incluida la de las cadenas. Aunque sí que seguían mostrándose paradójicamente en los escudos de las monarquías que se las habían adueñado.

No fue hasta el siglo XIX, después de los enfrentamientos bélicos y sociopolíticos, cuando volvieron a aparecer en la oficialidad del territorio las cadenas. En aquel contexto, en las primeras décadas del siglo XX, la Diputación Foral de Navarra, un órgano que aún heredaba rasgos legales y normativos de hace siglos, encargaba una bandera y un escudo a un grupo de estudiosos: Julio Altadill, Hermilio de Olóriz y Arturo Campion. Es entonces cuando vuelve a brotar el aspa de ocho brazos que conocemos en el escudo de hoy: con las cadenas de su reivindicación histórica de independencia.

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