La rendición de Tudela









Hace ya varias semanas vimos cómo el derrumbe de las defensas navarras ante la invasión castellana dejó a las ciudades de la Ribera en una situación de indefensión total, por lo que para el día 17 de agosto habían ya realizado una auténtica llamada de socorro, en previsión de lo que se les venía encima. Especialmente importante se consideraba la posible caída de Tudela, puesto que era la auténtica capital de la Ribera y el principal bastión defensivo del sur de Navarra. Y sus temores se mostraron bien fundados, porque para el día 21 de agosto Fernando el Católico, asentado en Logroño, había amenazado con destruir la ciudad si no se rendía de forma inmediata. El día 28 de agosto habían caído Cascante, Corella y Cintruénigo, con lo cual se puede decir que casi se ha completado ya la conquista de la Alta Navarra, donde en este momento tan solo aguanta Tudela, aparte de algún otro núcleo de resistencia aislado.


Mientras tanto, la situación en la capital ribera era ya desesperada, y se producían encendidas discusiones entre los vecinos que querían resistir hasta el final y los que pensaban que ya se había hecho suficiente, llegando a darse algunos enfrentamientos entre ellos el día 3 de septiembre. Pero el apremio de las autoridades españolas era cada vez más insistente, y los plazos otorgados para la rendición se agotaban, enfrentándose de manera casi inminente a la posibilidad real de un saqueo de la ciudad, con la consiguiente destrucción de la misma y la pérdida irremisible de vidas humanas. Ante este hecho, la ciudad envió una última carta a los reyes Juan y Catalina, en la que les comunicaban la inevitable rendición ante los españoles, y acto seguido se formalizó la capitulación. Era el 9 de septiembre de 1512, es decir hace hoy exactamente 500 años. Las tropas españolas entrarían poco después en la ciudad, con el condestable de Castilla a la cabeza, flanqueado por los obispos de Santiago y Palencia. Es de suponer que, prácticamente a la vez que estos hechos se producían, los reyes de Navarra, refugiados en sus territorios situados al otro lado del Pirineo, leían la carta de los tudelanos, en la cual se les pedía que entendieran su situación, así como la decisión que estaban obligados a tomar, ante la inminente posibilidad de una destrucción total. Terminaban la carta despidiéndose de sus reyes, diciéndoles que "quieran vuestras Altezas hallar más poblada esta su ciudad de nuestros hijos que no de extranjeros".

Joseba Asirón, Nabarralde

Comentarios