Pedro Pérez Bozal

Encara el Partido Comunista de España los fastos de su primer centenario y entre los retratos a iluminar no debe faltar el marxista navarro más influyente de la historia: Jesús Monzón, ave exótica en la Navarra ultramontana del siglo pasado.

Este intelectual pamplonica, tras ser expulsado del PCE por Santiago Carrillo y sobrevivir a los exilios de Francia y México antes de dar clases de mercadotecnia al pijerío balear de los años setenta, se reía para sus adentros antes de morir. 

Y es que Monzón se vanagloriaba porque hacían "falta cojones" para fundar el PCE en la Navarra de los años treinta, entre tradicionalistas y esos carlistas que no dejaban de ser ultraderechistas a pesar del disfraz progre que les quieren tejer sus nietos nacionalistas porque, además del 'Dios, Patria, Rey', defendían el comunal más como descargo moral limosnero que por creencia en la lucha de clases. 

Altura de miras

El supuestamente heterodoxo Monzón fue un adelantado a su tiempo y demostró una altura de miras que contrastaba con la esclavitud moral de sus compañeros de generación, muchos de ellos buscavidas convertidos en dirigentes más por obediencia que por talento. 

Monzón, que se crio en los Jesuítas tudelanos, era hijo de un prestigioso doctor trasladado a la Pamplona luminosa del siglo pasado que cambiaba agro por industria y que se desmilitarizaba y ensanchaba tras tumbar parte de las murallas que la constreñían desde el siglo XVI. 

El abogado fue fundador del siempre minoritario comunismo navarro, residual antes de la Guerra, heroico en la resistencia e incapaz de hacerse fuerte en los setenta en el norte por la pujanza de los hijos eclesiales de Marx, la ORT o HB, que con su españolismo y vasquismo olvidaron que el comunismo es internacionalista (y este hecho fue uno de los que animó romper al marxismo de dependencia soviética con la tibia y pragmática socialdemocracia, casi siempre liderada por personajes con más encanto natural y picardía que ideas y lecturas). 

Frente Popular

Monzón fue uno de los fundadores del PCE en Navarra en los años treinta y en febrero de 1936 fue incluido por cuota comunista en la lista navarra del Frente Popular, cuadriplicado en votos por las derechas carlistonas a pesar del triunfo estatal progresista. 

El triunfo izquierdista a nivel español animó a Monzón a liderar a una cuadrilla de treinta jóvenes partidarios del Frente Popular en la toma en marzo del 36 del Palacio de la Diputación, agujero antidemocrático y ultraderechista en la que la caverna hacía su agosto tras la destitución de más de trescientos concejales rojos en Navarra con la excusa de la fallida 'Revolución de Asturias' del 34. 

Monzón quería advertir a las instituciones republicanas sobre la Diputación, que pasaría a manos republicanas solo unos días antes del golpe de Estado cocinado en los Sanfermines del 36 (ambiéntense con 'Plaza del Castillo de Rafael García Serrano). 

La cuadrilla

Monzón advirtió a los dirigentes republicanos del golpe de Estado fascista que se estaba preparando, Casares Quiroga o no se enteró o no se atrevió a enterarse, y la posición social del dirigente del PCE le ayudaría a escapar de la Pamplona controlada por los golpistas.

"¿Es legítimo que personas radicalmente enfrentadas sigan siendo amigas mientras los sistemas polí­ticos en los que creen luchan a muerte por destruirse?", se pregunta su biógrafo Manuel Martorell (autor de 'El líder comunista olvidado por la historia', editado por Pamiela). La respuesta es 'sí', sobre todo en demócratas como Monzón, que defendió una apuesta totalitaria de forma coyuntural (como hijo de su tiempo). 

Monzón escapó a Francia disfrazado de fraile capuchino y regresó para llorar la caída de Bilbao y convertirse en gobernador civil de Cuenca o Alicante. Su prestigio y popularidad, creciente tras atrincherarse en el Palacio de la Diputación, le situó como un cuadro medio de la República. Que marchase a Orán en el mismo avión que Pasionaria evidencia su creciente estatus político durante la Guerra.

Unión e invasión

Los grises años cuarenta fueron muy fructíferos para Monzón, que lanzó la antifranquista Unión Nacional España casi quince años antes de que el PCE se lanzase a la 'reconciliación nacional' para tumbar a Franco. 

El navarro, imitando los prematuros 'trece puntos' de Negrín, creyó que el anticlericalismo había sido uno de los grandes errores republicanos ya que esta lógica vehemencia, grito popular tras siglos de privilegios e impunidad, había logrado que miles de españoles que tenían la religión como sustento moral engrosasen en las filas fascistas sin ser ultras. 

"Vencedora de leyes es la osadía", decía Séneca. Y Monzón la demostró tras vislumbrar la derrota nazi en octubre de 1944. El dirigente navarro coordinó la olvidada Invasión del Val d'Aran. Entre 7.000 y 9.000 guerrilleros tomaron Bossòst durante seis días. 

Pero ni la fragilidad norteña de Franco, sorprendido por el tortazo impulsado por el PCE, sirvieron para que la operación se llevase a cabo con éxito. Almudena Grandes, que chapoteó en los amargos cuarenta con 'Inés y la alegría', asegura que la intentona aranesa fue "el hecho de armas más importante, cuantitativa y cualitativamente, de la resistencia antifranquista en la dictadura". 

Valentía

Este acto heroico, que no disimula la falta de fuerzas reunida por Monzón ni sus legítimas ambiciones para controlar el PCE, fue enterrado por un franquismo que se avergonzaba de su falta de fuerzas en el Pirineo y por un comunismo que enterró en la memoria la fallida 'Reconquista de España' porque Santiago Carrillo nunca perdonó la "valentía" del navarro, según el general Enrique Líster. 

Monzón quizás quiso lavar parte de su mala conciencia por la estrategia kamikaze del Val d'Aran e ingresó en la España franquista. En 1945 sería detenido por en Barcelona por la policía franquista, que según el anticarrillista Líster salvó la vida de Monzón porque el PCE, antes de expulsarlo, había enviado a algunos elementos a acabar con su vida. 

Sus amistades consiguieron que le conmutasen una pena de muerte 'cantada' por treinta años de prisión y en 1959 el camarada saldría de la cárcel sin carnet que romper y con algunos enemigos como Pasionaria admitiendo que se habían equivocado con uno de los purgados por Carrillo, que se hizo grande en el Partido, entre otras cosas, linchando a Monzón. Eso sí, al menos, según Jorge Semprún, lo hizo sin "reinterpretar el pasado en función de las pragmáticas necesidades ideológicas del presente".

Viendo el informe parece lo contrario. Carrillo pareció olvidar que Engels era millonario, que Marx vivió 'como un Obispo' y que el marxismo tiene más facilidad de empapar en la vanguardia intelectual de las clases medias que en el proletariado más hambriento, y por lo tanto más dependiente del reformismo socialista. 

Y es que Carrillo afirmó que Monzón era "un intelectual de formación burguesa, lleno de ambiciones personales, ligado por lazos familiares y por su formación a elementos reaccionarios, con los cuales jamás llegó a romper totalmente".

El enemigo de Monzón aseguró que "con el pretexto de la salvaguardia y protección de los cuadros del Partido, perseguidos, mantuvo relaciones oscuras con diplomáticos americanos y con elementos turbios y aventureros que llegaron a tener en la orientación del Partido más peso que los militantes honrados".

Dandi

Monzón siempre estuvo bien vestido y mejor comido. El navarro nunca tuvo que disfrazarse de obrero pobre, travestismo que todavía no ha pasado de moda entre los cuadros políticos izquierdistas. Ni quiso reescribir su vida con unas memorias tan mentirosas como las de Carrillo, que, con sus purgas, su digestión sin rechistar de la Transición y su patético final político, entre el PSOE y el Grupo Prisa, ensució sus méritos como astuto líder natural y trabajador inagotable. 

El PCE, que homenajeó en Pamplona a Monzón a inicios de 2014, quizás debiera volver a revisitar a este "personaje barojiano", según palabras de Manuel Vázquez Montalbán. Monzón, que presidió el Comité Profederación Navarra de Fútbol (Osasuna perteneció a la gipuzcoana en sus primeros años de vida), acabó enseñando marketing a los cachorros más liberales del Régimen en el tardofranquismo y murió de cáncer en Pamplona en 1973.

A Monzón, que según Montalbán "merece un lugar de excepción entre los atletas morales del siglo XX", nunca le perdonaron que pensase por sí mismo. Quizás no lo hagan mucho los que, en pleno 2021, quieren tragarse en Navarra la doctrina impulsada por el PCE estatal para hacerle el harakiri, sonrisa en ristre, a Izquierda Unida, más necesaria que nunca y más arrinconada que de costumbre porque molesta a una camarilla madrileña que, a nivel interno, tiene idénticas dificultades que Carrillo para aceptar la divergencia interna. 
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