lunes, 20 de abril de 2020

Benidorm antes de la pandemia





Vía: Juan José Millás, El País Semanal

Cuando un hombre entra en una habitación, entra en ella con todo su pasado”, afirma un personaje de Mad Men. La frase me vino a la memoria mientras hacía cola, junto a Jordi Socías, el fotógrafo de este reportaje, a las puertas de uno de los restaurantes del Gran Hotel Bali, en Benidorm, donde servían una cena-bufé de a 12 euros. En el invierno de nuestras vidas (sumábamos un siglo y medio entre los dos), Socías y yo habíamos aceptado el encargo de contar y retratar el invierno levantino. Ninguno conocía Benidorm, un lugar mítico dentro y fuera de nuestras fronteras y en esa medida, en la de mítico, un poco irreal también, inevitablemente.



La capacidad del comedor, según rezaba el cartel de la entrada, era de 1.400 comensales, cada uno de ellos con su pasado. Quiere decirse que había allí pasado a espuertas, ya que, salvo raras excepciones, los presentes eran usuarios de los servicios de viajes del Imserso para la tercera edad. El fotógrafo y yo íbamos por libre, de espías, pero pasábamos completamente inadvertidos, claro. Nunca hubo dos observadores tan mimetizados con el objeto de su vigilancia. Ni dos extraños tan familiares.



Benidorm se encuentra en el Levante español, pero podía haber caído en Singapur o en Indonesia. Desde la terraza de mi habitación, en el piso 41º del hotel (el más alto de Europa, nos dijeron, con casi 800 habitaciones), se apreciaba una bahía gigantesca (la de la playa de Poniente), asediada por una corona de inmuebles colosales y descolosales que evocaban una dentadura irregular. Por las noches, gracias a una iluminación extraordinaria, podías creer que te hallabas en Hong Kong, incluso en Nueva York, según algunas guías. He viajado bastante al extranjero, pero este extranjero no se parecía a ningún otro porque yo formaba parte de él. Yo era él. Me había convertido en un extraño en el interior de mi cuerpo.


Algo así.
Juan José Millás junto a un vaquero de mentira. JORDI SOCIAS


Al día siguiente de nuestra llegada, salimos a la calle y en apenas cinco minutos alcanzamos el paseo marítimo dispuestos a recorrerlo hasta el final. A nuestra izquierda, la ciudad; a nuestra derecha, el Mediterráneo, el mar de Homero, el mar de color de vino de la Ilíada y de la Odisea, el Mare Nostrum de los romanos, el Gran Verde de los egipcios, el mar de Grecia y el de Jasón, y el de los Argonautas… Lo lógico es que nos perdiéramos en su contemplación, pero solo teníamos ojos para la urbe, cuyos bloques de viviendas, si exceptuábamos los rascacielos, eran idénticos a los de los barrios periféricos de las grandes ciudades europeas.
Panorámica de Benidorm (Alicante) desde las alturas, con la playa de Poniente en primer plano. JORDI SOCIAS


FOTOGALERÍA: Las últimas vacaciones invernales

Nos hallábamos ante un conjunto colosal de cemento organizado por una inteligencia doméstica algo caótica. Benidorm parecía creado por un demiurgo que con materiales tan groseros como el ladrillo o el hormigón, pues no tenía otros a mano, fundó un mundo que intentaba parecerse al mundo platónico de las ideas urbanísticas.


El paseo marítimo, bajo la luz cegadora y la temperatura generosa del mediodía (unos 22 grados), se hallaba repleto de una multitud de ancianos (y de ancianas: el genérico no siempre alcanza) que, como Socías y yo, se desplazaban con todo su pasado mayormente español a cuestas por aquella estrecha avenida que separaba el océano de la especulación inmobiliaria.

Me detuve a hablar con un hombre de unos 80 años, extremeño, al que le pregunté si le gustaba Benidorm.

—¡Hombre, bonito no es! —exclamó.

—¿Qué hace usted aquí entonces?

—La temperatura. Fíjese: en pleno febrero y estamos a casi 25 grados —respondió.

—Ya —dije—. ¿Y qué más?

—Que en el mercadillo te dan dos kilos de alcachofas por un euro. Y las espinacas, lo mismo.

Obtendría esta respuesta u otras parecidas de diferentes personas con las que me detuve a conversar. Pero las alcachofas y la temperatura no podían explicarlo todo. Aquel éxito de masas debía de tener un misterio que no se apreciaba a simple vista.

—¡Esto —profirió entonces Socías dando rienda libre a su asombro— es muy difícil de controlar! ¡Este lugar es único! ¡Jamás había visto algo así!

Mientras hablaba, acariciaba su cámara sin saber hacia dónde dirigirla, como el cazador de leones que en medio de la selva escucha rugidos cuya procedencia ignora. Por mi parte, sostenía en la mano izquierda un cuaderno al que amenazaba todo el rato con un bolígrafo que llevaba en la derecha.

—¿Has tomado nota de algo? —me preguntó.

—Aún no —dije—. Todo es muy normal dentro de lo insólito.

Entonces apunté estas dos palabras: normalidad insólita. Quizá habíamos caído sin darnos cuenta en el reino de la sensatez. De la sensatez enloquecida, en el caso de que haya alguna cuerda.

Entonces aún no lo sabíamos, pero nos faltaba poco para añorar aquella normalidad insólita y aquella sensatez enloquecida, pues estábamos en febrero, cuando ya la Covid-19 se había manifestado en la ciudad china de Wuhan, cerrada herméticamente por las autoridades a fin de que nadie pudiera entrar o salir de ella.

Para nosotros, sin embargo, el coronavirus caía todavía demasiado lejos, lo que nos permitía extrañarnos irónicamente de nuestra propia vida cotidiana. Ignorábamos que el simple hecho de pasear por la calle o de sentarse en un banco de cemento, al sol, estaba a punto de constituir un lujo extravagante, además de prohibido por las leyes. Asistíamos a unas escenas de costumbres sobre las que estaba a punto de caer el telón.

—La idea de este reportaje se le tiene que haber ocurrido a una mente muy enferma —replicó Socías.

—Sí —dije, ocultando que yo mismo se la había propuesto al periódico.

Me dirigí a una señora con idea de seguir acumulando información.

—¿Usted de dónde viene? —le pregunté.

—Yo nací aquí, pero no se lo diga a nadie.

—¿Y siempre es así?

—A partir de junio viene gente joven, pero no sabe una qué es peor.

Continuamos nuestro camino tratando de evitar inútilmente la vigilancia de un rascacielos ciclópeo y omnipresente, algo lúgubre, de 200 metros de altura, formado por dos torres paralelas unidas en la cumbre por un colosal diamante de hormigón con reflejos de oro. Nos dijeron que los apartamentos situados en el interior de la joya podrían costar en torno al millón de euros, quizá más. No se me ocurría quién podría gozar viviendo dentro de una alhaja de hormigón, si exceptuamos a Donald Trump, cuyos gustos estéticos son de todos conocidos. Pero nunca se sabe. El diamante tenía también algo de ojo gigantesco que vigilaba los movimientos de todos y cada uno de los pobres mortales que nos desplazábamos, como hormigas, allá abajo, en las profundidades de la realidad.

¿Representaba ese monstruo de dos patas, sostenido por unas 25.000 toneladas de acero, una filosofía arquitectónica para la que no había nacido aún el espectador capaz de valorarla?

Tal vez.

Me acerqué al escaparate de una inmobiliaria para hacerme una idea de la oferta, y tropecé con el siguiente anuncio: “Segunda línea de la playa de Poniente. Trastero, 5 metros cuadrados. Sótano -2. Vendido”.

Me sorprendió que, tratándose de un trastero hundido en un segundo sótano, se subrayara su cercanía respecto de la playa. Junto a la inmobiliaria había una farmacia en la que entré a comprar unos pañuelos de papel. Observé, aturdido, que había un armario enorme repleto de anti­ácidos de distintas marcas cuya disposición me recordó a la de los dulces en una tienda de chuches.

—¿Y eso? —pregunté a la farmacéutica.

—Las malas digestiones, los disgustos… —dijo.

♦ Al día siguiente me levanté pronto para ver la salida de sol desde los 180 metros de altura, más o menos, de mi habitación, superados solo por el monstruo del diamante, que vigilaba también todo cuanto sucedía en mi terraza. No me había picado ningún mosquito, pese a dormir con la ventana abierta, porque los insectos, de haberlos, no eran capaces de alcanzar tales alturas. Tampoco los gorriones, por supuesto, pobres. En cuanto a las gaviotas, evolucionaban en los niveles situados entre los pisos 30º y 35º, ignoraba si por limitaciones de orden mecánico o por gusto. Tras las abluciones matinales, tomé el ascensor para bajar al vestíbulo, lo que me llevó aproximadamente el tiempo que tardaba en ir, en Madrid, desde la estación de metro de Alonso Martínez a la de Callao, pues paraba en muchos pisos. En el 35º entraron dos ancianas acompañadas de un anciano de mi edad (74). Una de las ancianas dijo que le parecía estupendo no saber en qué día de la semana vivía, a lo que el anciano sentenció:

—Es martes.

—Pues ya me has hecho polvo —dijo ella.

En el 18º entraron dos hombres más mayores que yo, uno de ellos con un andador. El del andador decía:

—A mí me educaron en la cultura del esfuerzo.

—Menos mal —dijo su interlocutor aludiendo malignamente al aparato.

—Tú tienes derecho a esto y a esto —respondió el otro haciendo caso omiso del comentario—. Pero también tienes deberes.

—¿Y de qué disfrutaba usted más, de los derechos o de los deberes? —preguntó una de las ancianas que habían entrado en el 35º?

—Yo, de los deberes.

—Pues usted es masoquista —dijo la anciana.

—Si todo el mundo disfrutara más de los deberes que de los derechos, otro gallo nos cantara —se defendió el sufridor.

Y así íbamos descendiendo y parando en las distintas estaciones hasta que a la altura del piso 15º el ascensor se llenó y bajamos ya a toda velocidad (a piso por segundo, calculé).

Eran las ocho de la mañana cuando abrieron el comedor para el desayuno, en el que enseguida nos juntamos 400 o 500 ancianos, todos con nuestro pasado. Me senté al lado de una viuda que arrastraba asimismo el de su marido, pues comenzó a hablarme de él enseguida. Era de Castellón y había venido con unas amigas, también viudas, con las que viajaba todos los años.

—Pero ellas duermen hasta las nueve —expuso en tono de censura.

Le pregunté qué planes tenía y dijo que por la mañana iría a una excursión organizada a la Ciudad de las Artes y las Ciencias, en Valencia.

—Eso se paga aparte —precisó.

—¿No está incluido en el paquete? —añadí yo subrayando la palabra “paquete” por darle un toque técnico-turístico al asunto.

—No —dijo ella, complacida, creo, por el tecnicismo.

Expuso que por la noche no salía porque a esas horas llegaba muy cansada.

—Si acaso —añadió—, me tomo algo en el snack bar del hotel, donde siempre hay algo. Hoy actúa el Dúo Mavi, que cantan en inglés. Pero en el restaurante que da a la terraza hay flamenco. Allí siempre cantan en español.

Tras desayunar, haraganeo un rato por el gigantesco vestíbulo y veo a algunos ancianos saliendo del cuarto de consignas a bordo de modernos escúteres eléctricos de cuatro ruedas. Al principio pienso que son gente impedida, pero luego, al abandonar el hotel para dar una vuelta a la manzana, veo que hay muchos de estos vehícu­los por la calle.

No puede haber tantos paralíticos, pienso.

De modo que vuelvo y pregunto en la recepción, y me dicen que los alquilan, lo que me produce una alegría enorme. Así que llamo a Socías, se lo digo y alquilamos uno para cada uno. Son muy sencillos de manejar, pues solo tienen marcha adelante y marcha atrás. Se frenan ellos solos, cuando dejas de apretar cualquiera de los dos botones.

Ese par de sujetos que van por el paseo marítimo de Benidorm riendo como dos viejos locos sobre sus motorinas (así es como hemos decidido bautizarlas) somos el fotógrafo y yo. Los ancianos que van a pie nos abren paso, envidiosos de nuestra condición motorizada. Hay viejos vigoréxicos, viejos blanditos, viejos deteriorados, viejos a estrenar, viejos usados, viejos con pelo, viejos calvos, hay parejas de viejos que van de la mano y parejas que van sueltas, hay grupos de amigas ancianas, seguramente viudas, pero pocos grupos de hombres porque ellos se mueren antes que ellas.

¿Qué clase de viejo seré yo?, me pregunto.

Si hubiera alguien mirándome como yo observo a los otros, ¿qué diría de mí? Me siento ligero porque solo he desayunado una naranja y unos cereales con un té, pero he visto contemporáneos (y contemporáneas, claro) que se tomaban un par de huevos fritos con beicon a los que más tarde añadían un par de salchichas con judías pintas. Me llamó la atención un viejo muy musculado, con bigote de puntas, como el de los coroneles de las películas, que desayunó tres veces. Iba en polo de manga corta y pantalones de explorador. Acaba de sobrepasarme andando a unos seis kilómetros por hora (mi motorina, a tope, apenas alcanza los cinco).

Hacia la mitad del recorrido, aparece en la playa un grupo de jubilados bailando, quizá haciendo taichí, no estoy seguro. Socías aparca su vehículo y desciende con la cámara en ristre. Yo me quedo arriba, junto a los ancianos contemplativos. Una anciana, a mi lado, dice que echa de menos a los nietos.

—Yo no —dice el marido soltando una carcajada.

—Voy a llamar, a ver cómo están —dice ella.

—Tú verás —concluye él—, habrá alguno con fiebre.

La mujer saca su móvil y se retira un poco.

A media mañana caigo en la cuenta de que no me he tomado la pastilla para el colesterol. Se lo digo a Socías y dice que no me apure, que aquí estamos a salvo de todo.

—Aquí no nos puede pasar nada, ¿no lo ves?

Como le creo a pies juntillas, y aunque ninguno de los dos fuma desde hace años, buscamos un estanco y echamos un marlboro en una terraza, al sol, frente a una isla triangular que se llama isla de Benidorm, lógicamente. El cigarrillo prohibido nos sabe a gloria e, incomprensiblemente, nos abre el apetito.

Mientras buscamos un restaurante, pienso cómo ha cambiado nuestra vida desde que salimos de Madrid y llegamos a Valencia, en el AVE, a unos 300 kilómetros por hora. En la estación, alquilamos un coche con el que recorrimos a 120 la distancia que nos separaba de Benidorm. Nuestra velocidad media, ahora, no superaba los 5. Si tal progresión continuaba, pronto nos quedaríamos completamente quietos. Significaba, pensé, que nuestro viaje, al contrario de los que realizábamos en nuestra juventud, era desiniciático.

Se lo dije a Socías frente a un plato de alcachofas fritas de calidad insuperable y a una copa de un vino blanco extra:

—Nos estamos desiniciando.

—Tú, con el rollo de la desiniciación, ya tienes el reportaje hecho, pero yo no he sacado todavía una foto —dijo.

Socías se queja siempre de su material. Nunca tiene bastante. Discutimos acerca de qué es más difícil, si fotografiar o escribir, mientras damos cuenta de un excelente “arroz del señorito”, llamado así porque carece de tropiezos incómodos de limpiar. La dueña del restaurante, que nos ha tomado por una pareja gay, dice que ha pedido unas cosas para San Valentín, pero que aún no le han llegado.

—Si volvéis mañana —promete—, os hago un regalito.

Por la tarde nos separamos, para que cada uno haga lo que quiera, pero quedamos para tomar un gin-tonic a última hora en la terraza que se encuentra frente a la isla.

Y a última hora, con el gin-tonic, cae otro marlboro magnífico. Esto es vida.

Por la noche, ya en la cama, escucho las noticias y no me parece que hablen de mi país. Me parece que hablan de Marte. En apenas 24 horas, me he desacostumbrado de la actualidad. Esta es una de las características de la desiniciación, del desaprendizaje, que te desnacionalizas también. Me dan ganas de llamar a Jordi para advertirle de que no escuche la radio ni ponga la tele, para no interrumpir este viaje inverso, desiniciático, en el que hemos incurrido, pero estoy seguro de que volverá a lamentarse de que no ha hecho una buena foto todavía. Que le den, me digo dándome la vuelta para “cambiar la pena de costado”, que decía el gran Manuel Alcántara.



♦ Me cansé yo de la motorina antes que Socías. El fotógrafo le ha cogido vicio porque dice que puede llegar con ella a los rincones más apartados de Benidorm, a las ingles y a las axilas de Benidorm, a su ombligo. Le digo que permanezca atento a la batería del escúter, no se le vaya a acabar lejos del hotel y tenga que arrastrarlo. Se ríe de mis aprensiones y tras el desayuno se larga a bordo del vehículo en busca de ese material que nunca encuentra.

Por mi parte, salgo a la calle y camino sin rumbo, en busca del secreto de Benidorm, pero no veo más que barrios que se parecen a cualquiera de los de Madrid, Valencia o Zaragoza, por citar tres ciudades al azar, o calles tópicamente turísticas, en cuyas tiendas venden imanes para la nevera. Hay lugares más menesterosos que otros, lógico, pues aquí el mundo está dividido en clases, igual que en todas partes.

Como mi intelecto tiende a la simetría, la altura de los rascacielos y de los grandes hoteles me obliga a especular sobre lo que ocurre en el subsuelo de la ciudad y durante media hora o más sigo, a través de sus registros, la red de las alcantarillas, que me parecen pocas si consideramos las cantidades de heces y de orina que han de evacuar al día. La ciudad, estrecha y larga, tiene unos 70.000 habitantes censados, a los que hay que añadir la población flotante del invierno, entre la que me incluyo. Pero en el verano, me dicen, puede alcanzar los 600.000 o más. Pienso entonces en la longitud de mi tracto gastrointestinal, que es de unos seis metros, los multiplico por el número de habitantes y me sale una cantidad de kilómetros de tripas que no cuadran a simple vista con la de la red de cloacas. Como soy aprensivo, me da un leve mareo y decido regresar para hacer vida de hotel.

El sol había salido a las 8.03 y el ocaso sería a las 18.27. Lo vi al entrar, en una pantalla del vestíbulo que los residentes consultaban mucho. No me pareció bien, dada la edad media de los viajeros, que llamaran “ocaso” a la puesta del sol. Pensé en una compañía con la que mis padres tenían un seguro de decesos que se llamaba de ese modo.

Cerca del mostrador de recepción hay una mesa de información del Imserso cuya trabajadora se encuentra ociosa en estos instantes. Me siento frente a ella y tras unos prolegómenos de cortesía le pregunto si se pone mucha gente enferma. Me dice que sí, claro, debido a la edad media de los usuarios, pero que todos los días vienen al hotel un médico y una enfermera para atender al personal.

—Y digo yo que habrá muertos y muertas también, lógicamente —añado en voz baja.

—Todos los años hay alguien que no vuelve —me responde lacónica.

Una empleada del hotel me había informado de que acababa de fallecer un señor al que habían sacado del establecimiento con mucha discreción por unas puertas que no están a la vista. Se lo comunico a la empleada del Imserso, que no lo niega, aunque asegura que no era de su grupo.

Realizo estas averiguaciones pensando en mi propio fallecimiento, o en el de Socías, si tuviera que hacerme cargo de su cadáver. Al acordarme de Socías, le llamo para que no haga imprudencias con la motorina.

—Pero si esto va a cuatro por hora —dice antes de colgarme.

En esto, se acerca una señora que quiere hacer una consulta y le digo que no espere por mí, invitándola a sentarse en una silla que queda libre. Solicita información sobre un sitio en el que, según dice, hay unos peces que te comen las células muertas de los pies.

—Peces pedófilos —digo por hacer una gracia que no ríen.

Por primera vez, en todo caso, escucho hablar de una actividad que me interesa. A requerimientos míos, la señora dice que fue lo que más le gustó del viaje del año pasado.

—Salí de allí —asegura— ligerísima, como si no tuviera pies, lista para irme a bailar. Era por el centro, pero no me acuerdo de dónde exactamente. Además, para que me lo hagan gratis, necesito una invitación.

La empleada del Imserso hurga en una caja y saca una especie de tique. La señora se va contenta como unas castañuelas.

—¿Podría darme una de esas entradas a mí? —pregunto.

—¿Es usted del Imserso?

—Pues no, pero me ha parecido muy apetecible eso de que los peces te devoren los pies.

La empleada hace un gesto concesivo y acaba dándome un pase para esa misma tarde.

—¿Seguro que es gratis? —pregunto.

—Sí, pero le darán una charla sobre unas cremas para el reúma. Si quiere, las compra y, si no, no.

Ya tengo plan para la tarde, así que salgo a una terraza gigantesca, junto a la que hay una piscina muy grande también, a tomarme un té verde. Si no tuviera los problemas de sociabilidad que tengo, haría amigos enseguida, pues hay gente por todas partes dispuesta a conversar. Esta señora, por ejemplo, se llama Amparo, tiene 69 años y es una veterana del Imserso. Dice que este año no ha salido ningún día después de la cena porque le ha perdido el gusto a trasnochar. Le pregunto qué hay por ahí.

—Cosas de cantar y bailar —dice—. Espectáculos de magia y malabarismos, ya sabe. También hay atracciones de travestis, pero a esas no he ido nunca.

—Ya —digo.

—Y ahora mismo —añade—, en la cafetería del hotel, hay una sesión de zumba. A lo mejor me acerco en un rato.

— ¿Y qué es la zumba?

—Una cosa que está a medias entre la gimnasia y el baile. A mí me gusta mucho.

Me levanto y voy al fondo de la cafetería, donde un animador social dirige, desde una tarima de madera, a un grupo de participantes que dan palmadas al ritmo de una música que desconozco, pues nunca he sido muy aficionado al baile. Ni a la gimnasia. El espectáculo es maravilloso. Excepto el animador, el resto son mujeres. Hay un hombre también en medio de ellas, pero permanece absurdamente estático. Me coloco en un grupo de viejos mirones y permanecemos extasiados ante la flexibilidad, el ritmo y las ganas de vivir de estas ancianas, todas en camiseta, todas guapas, todas sonrientes. No se trata de un baile muy movido, pero obliga a la realización de un movimiento continuo de los brazos. En un instante de inconsciencia y de envidia, doy un paso adelante, me introduzco en el grupo y hago lo que puedo. Una mujer me corrige la altura del brazo derecho al tiempo de decirme:

—Así.

Terminado el ejercicio, el animador nos felicita, invitándonos a repetirlo, esta vez sin música.

—Un paso a la izquierda —dice—, otro a la derecha. Un, dos, tres, cuatro, siete, ocho, brazo en alto…

Para finalizar la sesión, pone en el reproductor de música No rompas más mi pobre corazón y todo el mundo se lanza a bailar:

“No rompas más mi pobre corazón,

estás pegando justo, entiéndelo.

Si quiebras poco más mi pobre corazón

me harás mil pedazos, quiérelo”.

Se puede vivir perfectamente sin abandonar el hotel, este es sin duda uno de los secretos de Benidorm.

—Mañana más —grita el animador cuando termina la canción—. Ahora tenemos ahí fuera un ajedrez vikingo.

Paso el resto de la mañana entre el ajedrez vikingo y una partida de dardos en la que quedo el quinto de seis y en la que éramos cuatro mujeres y dos hombres. Entonces suena mi móvil y es Socías. Seguro, pienso, que se ha quedado sin batería en la motorina y quiere que vaya yo a ayudarle a arrastrarla. Estoy a punto de no cogerlo, pero finalmente descuelgo. Me propone que quedemos a comer en el restaurante del “arroz al señorito” de ayer, pero a mí me da pereza abandonar el hotel.

—Venga, hombre —me anima—, no puedes pasarte la vida ahí dentro, tienes que hacer un reportaje.

—Ya lo estoy haciendo —digo.

—¿Sobre qué? ¿Sobre el hotel?

—Sobre el hotel y sobre el extranjero que he descubierto dentro de mí mismo.

—Tú, con esas tonterías lo resuelves todo, pero yo he de salir a hacer fotografías.

Le pregunto qué tal le ha ido y dice que ha visto a 200 ancianos bailando a Michael Jackson.

—¿Lo tienes entonces? —insisto.

—Algo tengo —dice con cautela.

A mí no me engaña, hemos hecho otros reportajes juntos (quizá este sea el último, pienso con nostalgia), y sé que cuando dice que tiene “algo”, lo tiene todo.

♦ Pero por fin son las cinco de la tarde. Por fin ha llegado el momento más glorioso de la jornada, de modo que abandono el hotel y tomo un taxi dispuesto a que los peces pedófilos me devoren los pies.

Entro, descalzo ya, en una sala grande, rectangular, con sillas adosadas a las paredes. A los pies de cada silla hay un tanque de agua lleno de unos peces de pequeño tamaño, negros. Me siento en una de las sillas, me remango los pantalones hasta la rodilla y una joven me rocía los pies con un espray.

—Para desinfectarlos —dice.

Una vez desinfectados, los introduzco en el acuario, los poso en el fondo y veo cómo los peces acuden en masa a devorármelos. Siento unas cosquillas que me dan un poco de risa.

—Están hambrientos —digo a la joven—, se van a poner ciegos.

—No, señor —replica un poco ofendida—, esa no es su comida, ese es su trabajo.

Llegan dos señoras de unos 75 años, una de ellas con el pelo azul, como el de Lucía Bosé. Son conocedoras, de manera que les parece natural todo cuanto sucede en esa habitación. Miro entonces a mi alrededor, observo el panorama y pienso que ni a Buñuel se le habría ocurrido montar una escena parecida. He aquí siete u ocho ancianos (y ancianas) con los pies introducidos en su propio subconsciente.

—De dónde son estos animales —pregunto.

—Vienen de Turquía —me dicen.

—Ah —respondo absurdamente—, en mi casa, cuando yo era pequeño, teníamos una cama turca.

Pasados 20 minutos, quizá media hora, viene otra joven, me pide que saque los pies, me los enfunda en una bolsa de plástico y me lleva a una habitación en la que les da un masaje con una crema especial que lleva mentol y que me los deja helados. Luego me despiden sin intentar venderme nada, lo que me preocupa un poco.

¿Qué habrán visto en mí que no ven en los otros ancianos?

Por la noche, todavía con los pies fríos por culpa del mentol, le cuento mi aventura a Socías y se queda espantado.

—¿No pensaste ni por un momento en la cantidad de gente que meterá los pies en esos acuarios al cabo del día?

—Te los desinfectan antes de que los metas —digo a modo de excusa.

♦ Antes de viajar a Marina d’Or, que era nuestra siguiente etapa, decidimos, como el que toma una lámina de jengibre cuando cambia de plato para que los sabores no se mezclen, hacer una estancia de un día en el Asia Gardens, un hotel de 5 estrellas que se encuentra a poco más de dos kilómetros de Benidorm, en dirección a la sierra, y en el que, además de cogerte las maletas al entrar, tenía uno la impresión de que, si lo solicitaba, se hacían cargo también de su existencia.


En eso consiste el lujo, en externalizar la vida.

Ahí te dabas cuenta de lo cansado que es pertenecer a la clase media, no digamos a la obrera. En resumen, que estaba uno agotado y no sabía por qué: lo achacaba a la edad, al trabajo, al resfriado, y resulta que no, que nada de eso. Se trataba de un cansancio de clase.

Lo primero que hacemos, al tiempo de registrarnos, es solicitar un masaje tailandés para esa misma tarde. Nos preguntan si queremos que nos lo den en la misma habitación (y al mismo tiempo, claro), y Socías dice espantado que no.

—Si nos lo dan en la misma habitación —le animo—, podemos charlar mientras nos ponen en forma, como los gánsteres de las películas.

—He dicho que no —zanja el fotógrafo.

El hotel tiene más de 300 habitaciones, pero parece que solo existe la tuya, pues todo está dispuesto de manera que, si no quieres, no te encuentres con nadie (y si quieres, con frecuencia, tampoco). Las puertas son negras; las mesillas de noche, negras; los marcos de los espejos, negros…, todo, en fin, es etiqueta negra. Todo posee la elegancia minimalista de una esquela.

Me pregunto, lógicamente, si habremos fallecido y nos encontramos en el más allá.

Tomo estas notas desde la terraza de mi habitación, que da directamente al Vietnam, pues los diferentes módulos en los que se hallan las habitaciones están rodeados de una vegetación abundantísima e idéntica a la que hemos visto en películas como Apocalipsis Now. El rumor del agua es incesante y grato, pues toda la finca se halla recorrida por circuitos en los que se desperezan carpas de colores provenientes de Asia. Llamo a Socías, le digo que el nuestro es como un viaje al corazón de las tinieblas.

—Ahora mismo me siento como el capitán Willard. ¿Te das cuenta de que estamos en lo más profundo de la jungla?

—Esto es una locura —dice él, perplejo, desde su terraza.

Y tras unos segundos de silencio repite:

—Este reportaje solo se le puede haber ocurrido a una mente enferma.

Considero oportuno seguir ocultándole que fue idea mía y le invito a dar una vuelta por nuestras posesiones.

En nuestras posesiones, laberínticas y silenciosas, abundan los estanques (no me atrevo a mancillarlos denominándolos piscinas) cuyas láminas de agua, transparentes y tersas, invitan a la meditación zen. Hablamos todo el rato en voz baja para no quebrar el sigilo sagrado de una selva umbría y luminosa a la vez en la que abundan los bambúes gigantescos, los helechos de apariencia prehistórica, las parras invasivas, las lianas, las flores epicúreas y demás variedades del bosque tropical y subtropical.

Pocos insectos, pienso, para tanta espesura.

Cogemos caprichosamente una avenida u otra, rodeados siempre de una vegetación abundante, aunque extrañamente domesticada, pues nadie ignora que la jungla, al natural, es hostil. Vuelve a atacarme, pues, la sensación de decorado y de despersonalización a la que tuve que hacer frente en Benidorm, cuando vi Hong Kong o Nueva York al asomarme a mi terraza. Nuestra vida, como la del protagonista de El show de Truman, comenzaba a parecer un programa de la tele. Íbamos de plató en plató creyendo que estábamos en la realidad.

Comimos solos, en un silencio de convento de clausura. Entonces, al volver la vista hacia el ventanal del gran salón, situado en la zona más alta de la finca, vi a lo lejos el skyline de la selva de cemento que acabábamos de abandonar. Observado desde esta paz oriental, representaba la barbarie urbanística del hombre blanco. Pensé esto con cierto sentimiento de culpa, a la manera de un recién desclasado, quizá de un nuevo rico. Mientras nos servían una exquisita ensalada de quinua, caí en la cuenta de que ni siquiera me había molestado en averiguar aún cómo se llamaban los habitantes de Benidorm. Se lo pregunté a la camarera.

—Turistas —me respondió sin dudarlo.

Esa tarde, en la soledad del baño turco, pues únicamente lo ocupaba yo, rodeado de nubes de vapor, descubrí, al acariciar el banco de cerámica sobre el que me había tumbado, una tesela suelta con la que me identifiqué. Quizá mi sitio estaba allá abajo, en las calles algo caóticas de la ciudad, en el vestíbulo lleno de ancianos del Gran Hotel Bali, en la cola del bufé de a 12 euros: con mis compañeros de clase social, en fin. Y mientras pensaba sobre mi lugar en el mundo, sudaba y sudaba y sudaba y en el sudor se deshacían los nudos del alma. Más tarde, gracias al masaje tailandés, se desanudaron asimismo los del cuerpo y quedé listo para acometer la siguiente etapa del viaje: Marina d’Or, Ciudad de Vacaciones, situada en el municipio castellonense de Oropesa del Mar.

♦ Según Siri, de Benidorm a Oropesa había 174 kilómetros en línea recta y 245 en coche: unas tres horas conduciendo sin prisas y deteniéndonos por ahí a poner gasolina o a tomar café. Salimos con un sol espléndido, a media mañana, pero a medida que avanzábamos el cielo se encapotaba y la temperatura exterior caía hasta alcanzar los niveles normales del invierno.

A intervalos llovía.

Desde la carretera se divisaban los bloques de segundas residencias que enladrillaban, adoquinaban y asfaltaban cruelmente la costa levantina. La mayoría de los edificios tenían las persianas echadas, como si hubieran clausurado sus párpados, proporcionando la apariencia de cuerpos sin alma, de barrios abandonados o en estado de coma.

Nuestro ánimo, como el tiempo, se tornaba sombrío según avanzábamos hacia nuestro destino. El asunto empeoró cuando nos detuvimos en Benicàssim con la idea de comer bien y apenas logramos merendar mal.

Tras el fracaso gastronómico, siguiendo las indicaciones del navegador del automóvil, dimos enseguida con la famosa Ciudad de Vacaciones a cuya entrada había un arco gigantesco formado por un pez descomunal de colores y formas mironianas. Al observarlo de cerca, comprobamos que era un no-miró, quizá un anti-miró: un plagio que, lejos de ocultar su impostura, la acentuaba extrañamente. Como si su autor nos hubiera querido decir:

—Esto es lo que habría hecho Miró si Miró hubiera sido un idiota.

Tras registrarnos en el hotel, subí a mi habitación, equipada con muebles de plástico que evocaban el mobiliario de la Roma clásica. Significa que era una no-Roma, quizá una anti-Roma: un plagio que, lejos de ocultar su impostura, la acentuaba extrañamente. Como si su autor me hubiera querido decir:

—Esto es lo que habrían hecho los romanos si hubieran sido unos imbéciles.

Al caer la tarde, salimos a pasear por los alrededores y tropezamos con una avenida —la principal— decorada con unos arcos luminosos que se parecían a los de la entrada de la Feria de Sevilla. Significa que nos hallábamos ante una no-Sevilla, quizá una anti-Sevilla: un plagio que, lejos de ocultar su impostura, la acentuaba extrañamente. Como si su autor nos hubiera querido decir:

—Esto es lo que habrían hecho los andaluces si hubieran sido unos gilipollas.

Sobre la cornisa de un edificio vimos un grupo de pavos reales que, pese a estar completamente vivos, parecían imitaciones de los pavos reales de verdad. Significa que parecían no-pavos reales, quizá anti-pavos reales. Un plagio, en fin, que, lejos de ocultar su impostura, la acentuaba extrañamente. Como si nos hubieran querido decir:

—Así seríamos los pavos si la evolución hubiera escogido el camino equivocado.

La experiencia se repetiría en un callejón profusamente iluminado con luces de colores que era definitivamente un no-Hong Kong, quizá un anti-Las Vegas, etcétera, y en un parque amueblado con bancos de cerámica que querían parecerse a los de Gaudí, pero que resultaban, sin excepción, antigaudianos.

—Es un mundo extraño —comentó Socías tratando de moderar la expresión de su pánico.

No quisimos asomarnos al Mediterráneo, que se encontraba allí, a tiro de piedra, por miedo a que nos pareciera una falsificación del de Serrat.

Entretanto, en nuestro deambular perplejo, nos cruzábamos con personas atónitas también, recién llegadas en los autocares del Imserso, que parecían preguntarse si aquello les debería gustar o no, si deberían disfrutar o no de lo que se les ofrecía a sus sentidos.

Todo cuanto en Marina d’Or podía ser de plástico era de plástico. Todo cuanto, sin ser de plástico, podía imitarlo, lo imitaba. Todo cuanto podía ser feo era feo. Todo cuanto podía ser siniestro era siniestro. El conjunto se revelaba como la obra de un anti-artista infernal, de un anti-talento exquisito, pues Marina d’Or, Ciudad de Vacaciones, no era tanto el resultado de un big bang de mal gusto como una verdadera explosión de no-gusto o de anti-gusto. Como si sus diseñadores nos hubieran querido decir:

—Así sería el mundo entero si la cultura no hubiera corregido los instintos más primarios de la humanidad.

Marina d’Or, por resumir, era la bomba.

Quizá por miedo a que nos explotara entre las manos, el fotógrafo y yo hicimos las maletas a primera hora del día siguiente al de nuestra llegada y la abandonamos a toda prisa. Ya en el coche, Socías iba a abrir la boca cuando lo interrumpí:

—No vuelvas a preguntar a qué mente enferma se le ocurrió la idea de este reportaje.

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