Nicaragua, cuarenta años más tarde





Se cumple en estos días el cuarenta aniversario de la fase final de la insurrección popular que, dirigida por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), puso fin a la odiosa dictadura de Somoza que, durante décadas, ejerció un poder absoluto caracterizado por la represión indiscriminada y por el desarrollo de una corrupción de rapiña que facilitó a la dinastía de los Somoza acumular un inmenso imperio económico construido de forma tramposa desde el poder, un hecho que llevó a un creciente malestar con sectores de la burguesía nicaragüense que acusaba al dictador de competencia desleal al aprovecharse del control que ejercía desde el aparato de estado. A todo ello habría que añadir la ilegitimidad de su origen puesto que Somoza era un producto de la intervención norteamericana en Nicaragua ocurrida, en varias fases, durante el primer tercio del pasado siglo XX
Aquella intervención fue rechazada por importantes sectores populares nicaragüenses, contrarios a la injerencia en los asuntos internos del país por parte de la gran potencia del norte. Este intervencionismo se remontaba a mitad del siglo anterior, cuando el aventurero W. Walker ocupó la costa atlántica nicaragüense e intentó imponer desde allí un modelo político que se identificaba con el esclavismo de las grandes plantaciones del sur de los actuales Estados Unidos. Aquella aventura acabó derrotada por una coalición de diferentes fuerzas sociales centroamericanas.
Del mismo modo, en 1927, Augusto C. Sandino impulsó un movimiento popular contrario a la presencia norteamericana en Nicaragua que suscitó múltiples simpatías que trascendieron las fronteras de la propia Nicaragua. Se trató de una movilización surgida a partir de una reacción popular de rechazo que despertó la conciencia nacional y logró construir una alternativa basada en el apoyo del campesinado y otros sectores populares. Su avance militar obligó a los norteamericanos a retirarse del país, no sin antes dejar operando una Guardia Nacional cuyo cometido sería velar por sus intereses en la nueva etapa. A su frente se puso Anastasio Somoza, un personaje sin escrúpulos que no dudó en organizar un complot para atentar mortalmente contra Sandino e imponerse posteriormente en el poder.
Aquellos hechos marcaron la conciencia histórica del pueblo nicaragüense y décadas después, bajo el influjo de la revolución cubana, surgiría un movimiento guerrillero, el FSLN, que incluiría entre sus referencias ideológicas el antiimperialismo heredado de la época de Sandino.
Un movimiento guerrillero singular
El Frente Sandinista se desarrolló durante la década de los sesenta y lo hizo en medio de una serie de derrotas similares a las sufridas por otras fuerzas guerrilleras en diversos lugares de América Latina. El foquismo guevarista dio como resultado la muerte, en combates desiguales, de varios cientos de jóvenes cuya decisión los llevó a un sacrificio sobre el que se construyó una nueva mística revolucionaria caracterizada por la honestidad y el idealismo, la tenacidad y el voluntarismo, su vinculación con la gente pobre y el combate por su liberación. Aquellos jóvenes, los muchachos, lograron una creciente simpatía entre los sectores populares y capas medias e intelectuales de la sociedad nicaragüense. Junto a esto hay que añadir el desarrollo de actuaciones armadas espectaculares que consolidaron una imagen idealizada y mitificada de la figura del guerrillero.
A diferencia de otras guerrillas, los sandinistas atravesaron la década de los sesenta sin graves enfrentamientos internos. Un rasgo característico del FSLN que no se definía como partido político, sino como una organización frentista, amplia, que agrupaba voluntades a partir de planteamientos antisomocistas y antiimperialistas que permitían abarcar un espectro ideológico diverso. El desarrollo de la lucha y la dureza de la represión, que acabó aniquilando a prácticamente todo el núcleo fundador del Frente, originaron pequeñas diferencias internas que dieron lugar a tres tendencias que divergían tanto en la forma de enfrentarse a la dictadura como en los plazos para lanzarse al combate final.
Preparados para la acción militar, los sandinistas no dieron importancia a la construcción de una estructura política similar al modelo de partido tradicional, por lo que la forma orgánica que llegó al momento de la insurrección estaba organizada en torno un núcleo muy reducido de cuadros, fogueados en el combate, con un modelo militarizado que transmitía verticalmente las instrucciones políticas y militares. Este rasgo se mantendrá tras el triunfo de la revolución y dará origen a un grave déficit en lo referente a los canales de participación democrática tanto de la militancia sandinista de base como de la sociedad en los espacios políticos en los que se tomaban las decisiones más importantes.
Una revolución heterodoxa
Aunque golpeado por la represión, el Frente Sandinista mantuvo una significativa influencia social que se puso en evidencia a partir del momento en que la dictadura somocista entró en crisis. Tras el terremoto de 1972 que arrasó Managua, el comportamiento del dictador generó un creciente rechazo, ya que utilizó la tragedia para patrimonializar la ayuda internacional en su propio beneficio y ampliar su intervención en nuevos sectores económicos, lo que, a la postre, creó mayores enfrentamientos con otros sectores de la burguesía. Si a esto añadimos que se tomaron medidas de excepción que eliminaban las escasas libertades políticas existentes, que se prolongaron durante años y que la política norteamericana de la época del presidente J. Carter puso encima de la mesa el asunto del respeto a los Derechos Humanos, tenemos todos los datos para entender el origen de la crisis que se inicia a mitad de la década de los setenta.
Los sectores burgueses comienzan a maniobrar para buscar la salida del dictador, buscando el visto bueno de los Estados Unidos. Se crearon alianzas políticas como la UDEL (Unión Democrática de Liberación) y posteriormente la UNO (Unión Nacional Opositora) que buscaban el relevo en el gobierno, excluyendo al FSLN de su participación. Sin embargo, la intransigencia del dictador fue radicalizando a las fuerzas opositoras. En ese contexto, el Frente Sandinista comenzó a desarrollar arriesgadas actuaciones militares con la idea de fomentar un proceso de insurrección popular que desbordara las iniciativas opositoras, truncara los intentos de aislarlo de la población y evitara finalmente la intervención norteamericana.
Entre los años 1977 y 1979, los sandinistas lograron hacerse con la hegemonía dentro del campo opositor y popular con la creación del Frente Patriótico Nacional (FPN) y del Movimiento Pueblo Unido (MPU). La negativa del dictador a renunciar, el fracaso de las propuestas norteamericanas de buscar un cambio controlado sin la presencia de los sandinistas, facilitaron que la movilización de masas estuviera dirigida por un FSLN convertido en autoridad indiscutible. Finalmente, en julio de 1979, tras la huida del dictador, las columnas guerrilleras entraron en Managua y se formó un Gobierno Provisional, de reconstrucción nacional, con mayoría sandinista y presencia de burgueses.
Se abre un nuevo periodo en el que el protagonismo político estará en manos de un Frente, en lugar de un partido de vanguardia al estilo tradicional. Habrá un pluralismo dentro del campo revolucionario, convivirá una economía privada con un importante sector nacionalizado, procedente de las propiedades confiscadas al somocismo, habrá una importante presencia de sectores cristianos vinculados a la Teología de la Liberación, tanto a nivel de gobierno como en las organizaciones de base. Una revolución sin hoces ni martillos, antiimperialista, en la que el saludo utilizado será el de hermano o hermana, tal como lo usaba Sandino, en lugar del tradicional camarada. No es casual que el comunismo ortodoxo, representado por el Partido Socialista y una minoritaria escisión prosoviética, no tuviera ningún protagonismo especial durante la insurrección y que diez años después estuvieran en el frente opositor. Si algo va a caracterizar a la revolución sandinista, será su heterodoxia.
El final de un sueño
El triunfo revolucionario abrió paso a un incierto periodo de transición en medio de las pasiones revolucionarias: campaña de alfabetización, creación de sindicatos sandinistas, de comités de defensa en cada barrio y explotación agrícola, expropiación de todos los bienes del somocismo, formación de cooperativas, etc.
La Revolución Popular Sandinista se movió sobre tres ejes: pluralismo político dentro del campo de la revolución, economía mixta y no alineamiento en el ámbito exterior. Todo esto se llevaba a cabo en medio de impresionantes movilizaciones por el resto de estados centroamericanos que hacían presagiar la posibilidad de una salida revolucionaria en el marco regional (insurgencia creciente en El Salvador y relanzamiento de la actividad guerrillera en Guatemala).
El desarrollo del proceso tuvo que hacer frente a una serie de condicionantes: país dependiente de la agroexportación, escaso nivel de industrialización, falta de técnicos y cuadros, necesidad de financiación, entre otros aspectos. Sin embargo, el empuje heroico de una población dispuesta a superar cualquier tipo de obstáculo, el entusiasmo revolucionario, fueron capaces de inspirar múltiples iniciativas en cada barrio, fábrica o sector alcanzando una escala mundial. La revolución sandinista alimentó la creación de un importante movimiento de solidaridad internacionalista presente en todos los continentes.
Uno de los primeros obstáculos que hubo que afrontar fue el del intervencionismo norteamericano. Debilitados tras la derrota de Vietnam en 1975, la etapa del presidente Carter se caracterizó por un giro en el modelo intervencionista que podría caracterizarse como de bajo perfil. Sin embargo, la llegada al poder de Ronald Reagan significó la recuperación de la soberbia y agresividad imperial. Muy pronto empezaron a darse los primeros pasos para ofrecer cobertura a la oposición interior al tiempo que se estructuraban los primeros grupos de antiguos guardias somocistas, refugiados en Honduras, que se convertirán en lo que enseguida se conoció con el nombre de la contra. Los análisis políticos partían de las experiencias vietnamita y cubana coincidiendo en la perspectiva de una intervención imperialista que había que detener antes de que se llevara a cabo. Para ello, el FSLN diseñó una política exterior de neutralidad, contactos con el mayor número de corrientes políticas, para evitar un posible aislamiento diplomático. Sin embargo, eso no impidió la puesta en marcha de planes de agresión desde el exterior que fue inmediata y pronto comenzaron los combates en las áreas rurales de la frontera norte. La respuesta entusiasta de la población impidió a los contras ocupar, de forma estable, parte alguna del territorio nicaragüense pero también es verdad que ese hostigamiento, pronto conocido como guerra de baja intensidad, comenzó a hacer mella en las infraestructuras del país y en la moral de sus gentes, máxime entre la población más joven, tras la implantación del Servicio Militar Patriótico, obligatorio para la juventud en un país en el que hasta ese momento no se conocía ningún sistema de conscripción.
Mientras la población hacía frente a estas amenazas y dinamizaba como podía un proceso de transformación social y económica en el segundo país más atrasado del hemisferio occidental, la cúpula dirigente comenzaba a ofrecer muestras de un proceso de burocratización y aislamiento con respecto a las inquietudes y necesidades del resto de la población. En el momento en que la guerra de agresión se encuentre en pleno apogeo, los comandantes, ofrecerán señales inequívocas de burocratización y recuperación de prácticas que les alejaban de la realidad cotidiana en la que vivía la mayor parte del pueblo nicaragüense.
Para hacer frente a la agresión imperialista, la revolución sandinista utilizó todos los medios a su alcance, desde las instituciones internacionales como las Naciones Unidas hasta los foros regionales. Fruto de estos últimos fueron los Acuerdos de Esquipulas que establecían la necesidad de convocar elecciones generales. El FSLN, que había ganado las elecciones convocadas en 1986, boicoteadas por la oposición, aceptó el desafío. Estaba convencido de que contaba con el apoyo mayoritario de la población. Pero no calculó bien las implicaciones que esa convocatoria podía tener al abrir un espacio nuevo, y decisivo, para la intervención imperialista.
Lo cierto es que la campaña electoral se realizó en medio de un tenso ambiente de guerra encubierta, con una financiación millonaria de la oposición desde el exterior, aunque todo ello no sirvió para bajar los niveles de movilización de una población todavía optimista y movilizada. Sin embargo, el peso de la guerra, el temor a su prolongación entre sectores de la juventud, una crisis económica gestionada con recetas poco innovadoras que se acercaban a las propuestas liberales que empezaban a tener un creciente éxito internacional. Todo ello, contribuyó a que un significativo número de personas creyera que un triunfo sandinista iba a significar la profundización de la situación de emergencia permanente en la que se movía el país. El resultado es de sobra conocido. En 1990, la oposición agrupada en la UNO (Unión Nacional Opositora) ganó las elecciones.
A partir de ese momento, el desconcierto fue total. Aquella dirección política, aislada pero que todavía era capaz de ofrecer respuestas adecuadas a las necesidades en cada coyuntura, se deshizo en medio de medidas incomprensibles. La más grave de todas fue el reparto del APP (Área de Propiedad del Pueblo). Mientras que el discurso oficial hablaba de la necesidad de defender los logros de la revolución, en la práctica, la dirección sandinista lo que hacía era organizar un reparto personal aduciendo argumentos totalmente contradictorios e inmorales con respecto a la práctica de honestidad con la que se presentaba la revolución. Aquella decisión fue el principio de un descenso a los infiernos jalonado de sorprendentes decisiones que no hacían más que confirmar la tragedia. El sueño de la revolución dejó de ser dando paso a una nueva fase de supervivencia que permitiera una posterior vuelta al poder. Para ello se aceptó entrar en un juego de posiciones y de alianzas políticas totalmente contradictorias con la mística de la revolución, abandonando lo que habían sido hasta ese momento los principios y las señas morales de identidad sandinista. De aquellos malos aires, convertidos en posterior huracán tropical, vienen los lodos de hoy. Una mutación dolorosa.
Tino Brugos es miembro de la redacción de la web de viento sur.

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