Margarita de Navarra, la primera mujer moderna








Por Pello Guerra en Naiz:

La reina de Navarra tiene un cuerpo de mujer, pero su corazón es de hombre y su mente es de ángel». De esta manera definía el poeta Clément Marot a Margarita de Angulema, la soberana que, de la mano de Enrique II de Albret, iba a convertir a la Nafarroa que permanecía independiente tras la conquista española de 1512 en un oasis intelectual y de tolerancia que impresionaría a creadores de la talla de William Shakespeare.


Margarita nació en el castillo de Angulema el 11 de abril de 1492. Era hija de Carlos de Orleans, conde de Angulema, y Luisa de Saboya, que estaban emparentados con la familia real francesa. Tras morir su padre en 1496, tanto ella como su hermano Francisco quedaron bajo la tutela del duque Luis de Valois, que llegaría al trono en 1499.

Bajo la supervisión de su madre, los dos jóvenes fueron formados por la institutriz Madame de Chatillon y los mejores tutores de la época, que les enseñaron latín, italiano y español, además de una filosofía muy de moda entonces: el Neoplatonismo, que llegaba desde Florencia con la idea de que el cuerpo es la cárcel del alma, de la que solo se libera a través de la muerte y el amor, y el Espiritualismo evangélico. Una formación en la que pronto destacó Margarita por su mente despierta y sus ansias de saber.

Ese régimen de vida se vio interrumpido por su matrimonio con el duque de Alençon, celebrado el 2 de diciembre de 1509. Ese enlace no le satisfizo, ya que su esposo se encontraba en las antípodas de sus inquietudes intelectuales.

Su complicada situación personal sufrió un trascendental giro en 1515. Ese año moría el rey Luis XII sin sucesor directo, lo que propició que Francisco subiera al trono francés. Su relación familiar con el nuevo soberano permitió que Margarita se convirtiera en una figura relevante en la Corte gala, estatus que aprovechó para rodearse de intelectuales, artistas y pensadores. De esta manera, empezó a ser considerada como «mecenas del Renacimiento intelectual y literario en Francia», según señala el historiador Jon Oria, uno de los mayores expertos en su figura y que acaba de publicar el libro “Misticismo en la obra de Margarita de Navarra” en castellano, euskara e inglés de la mano del Grupo Cultural Enrique II de Albret, de Zangoza.

El Grupo de Meaux. Ese momento de influencia de Margarita coincidió con el surgimiento de la corriente liderada por el fraile agustino Martín Lutero que exigía una reforma en profundidad de la Iglesia cristiana, a la que se consideraba demasiado alejada de los postulados de los Evangelios. En esa línea, en la localidad francesa de Meaux, el obispo Guillaume Briçonnet formó un grupo de eruditos que propugnaba esa renovación y en el que destacaba Lefèvre d’Étaples. Margarita de Angulema se sintió atraída por los postulados de ese grupo, lo que le llevó a mantener una intensa correspondencia con Briçonnet entre 1521 y 1524, en la que el obispo iba adoctrinando a la princesa en los principios reformistas del Grupo de Meaux.

A pesar de que, a diferencia de Lutero, estos reformadores no defendían la ruptura con las instituciones eclesiásticas, sino solamente su renovación, la Sorbona se opuso al Grupo de Meaux desde el primer momento. Como gozaba de la simpatía de la princesa, la universidad esperó su momento, que llegó en 1525. El 24 de febrero de ese año, las tropas de Carlos V derrotaban en Pavía al ejército de Francisco I, al que hizo prisionero el soldado vasco Juan de Urbieta. En el mismo choque, el marido de Margarita resultó herido y falleció.





Al conocer lo ocurrido, la princesa se trasladó a Madrid para cuidar de su hermano, herido y enfermo, y negociar su liberación. Aprovechando su ausencia y la del soberano, la Sorbona actuó y logró disolver el Grupo de Meaux. El obispo Briçonnet fue humillado en su catedral y el resto de sus integrantes se dispersó.

Reina de Nafarroa. Tras la firma del Tratado de Madrid en 1526, Francisco I fue liberado y regresó a Francia, donde se reuniría más adelante con Enrique II de Albret. El sucesor de Juan de Albret y Catalina de Foix reinaba sobre la Nafarroa que no había sido conquistada por los españoles en 1512, aunque no renunciaba a la herencia que le habían arrebatado por la fuerza de las armas. Ese deseo de recuperar la Alta Nafarroa le había llevado a ser aliado del rey Francisco I, junto al que combatió en Pavía y donde también fue hecho prisionero, aunque consiguió fugarse descolgándose con una cuerda de los muros del castillo de la localidad italiana en todo un alarde de valentía.

Su figura alcanzó la categoría de héroe y pronto atrajo a la princesa viuda, quien, antes de que su hermano decidiera por ella un nuevo marido, se casó con Enrique el 24 de enero de 1527, convirtiéndose en soberana de la Nafarroa independiente.

En sus dominios de los Pirineos decidió reconstituir el Grupo de Meaux, que en su reino no se vería amenazado por la Sorbona. Uno de los que aceptó su invitación fue Lefèvre d’Etaples, quien se convirtió en preceptor de los príncipes de la casa real de Nafarroa, ya que para entonces había nacido Juana, que vino al mundo el 7 de enero de 1528. Otros intelectuales que buscaron la protección de la reina de Nafarroa fueron François Rabelais (que se situaría en el punto de mira de la Sorbona por sus obras “Gargantúa” y “Pantagruel”), Clément Marot, Michel d’Arande, Bonaventure des Periers y Antoine Le Maçon, entre otros.

Con estos autores, Margarita creó un círculo humanístico y literario con sede en Pau, la capital de la Nafarroa independiente, y especialmente en Nérac, y al que se iban sumando todos aquellos humanistas perseguidos por las instituciones españolas y francesas. Entre ellos figuraba Jean Calvino, que llegó a territorio navarro huyendo de Francia, donde sus ideas reformistas eran perseguidas por Francisco I. Sin embargo, Calvino no cuajó en la Corte de Margarita por su intransigencia y terminó marchándose a Ferrara y posteriormente a Ginebra, donde pudo implantar el Estado teocrático que había soñado poner en práctica en Nafarroa.

Desde su nueva posición, Calvino atacó con virulencia a Margarita y a su grupo de intelectuales aprovechando que la reina navarra había dado protección a varios miembros de los Libertinos Espirituales, «una secta abominable que era la encarnación misma del diablo», según el teólogo protestante. Aunque posteriormente matizó sus palabras, Margarita ya no quiso saber nada más de «la intolerancia de reformadores como Calvino», recuerda Oria, y protegió a los Libertinos Espirituales, a pesar de que su religiosidad guardaba unas similitudes muy vagas con los postulados de su grupo.

Enfrentamiento con la Sorbona. En la Nafarroa independiente, Margarita desarrolló su amplia producción literaria, que arrancaría con la publicación en 1531 de “Espejo del alma pecadora”, que se reeditó al menos cuatro veces. Conscientes de los vínculos de la reina con el desaparecido Grupo de Meaux, los teólogos de la Sorbona analizaron el libro en detalle y trataron de prohibirlo, ya que en él se hace una traducción moderna del Salmo IV de la Biblia, algo que estaba vetado, y se decía claramente que Cristo es el único Salvador. Solamente la intervención del mismo rey Francisco I hizo posible que el libro de su hermana no fuera prohibido.

La polémica no frenó la actividad intelectual de la reina de Nafarroa, quien en 1533 publicaba “Diálogo en forma de visión nocturna”, una obra que habría escrito en la década anterior y en la que quedaba patente la defensa de una religiosidad interior basada en la lectura y meditación de las Sagradas Escrituras, y alejada de las manifestaciones externas. Es decir, «la unión mística con Dios solo se puede lograr a la manera de San Pablo, superando todas las vías de los sentidos e incluso de la razón», puntualiza el historiador Jon Oria.

Ese modo de entender la religiosidad está también muy presente en las obras que escribió a continuación, en las que cultivó géneros como la lírica, el teatro y la prosa. A esta época corresponden títulos como “Pater Noster” o “El triunfo del Cordero”.

Fueron años en los que Margarita se alejó de los asuntos políticos y mundanales en general para vivir entre Nérac y Pau, aunque también visitaba otras castillos de las estribaciones de los Pirineos, donde encontraba la soledad que tanto le gustaba para escribir sus textos cargados de simbolismo. Se sentía tan cómoda en sus dominios y tan desencantada de lo que sucedía en Francia, que «renunció a los títulos que tenía como princesa francesa y decidió firmar solo como Margarita de Navarra», señala Jon Oria.

Esa vida hasta cierto punto ascética y cargada de creación se vio sobresaltada por una trágica noticia. En 1547 fallecía el rey Francisco I. Los estrechos vínculos que siempre había mantenido con su hermano, a pesar de sus diferencias en materia religiosa, hicieron que Margarita cayera en una profunda tristeza que le llevó a escribir “El Navío” y “Comedia sobre la muerte del rey”, donde se interpreta «la muerte como la experiencia dolorosa y penetrante del encuentro final con lo divino. El alma debe abandonar lo humano para conseguir la perfección», apunta Oria en su libro “Misticismo en la obra de Margarita de Navarra”.

Ese mismo año, la reina de Nafarroa también publicó “Margaritas de la Margarita de las princesas” y “Suite de las Margaritas”, en las que se mezclan poesías, canciones espirituales y comedias sobre temas bíblicos, y en 1548 veía la luz “Comedia representada en Mont-de-Marsan”, escrita en un tono especialmente críptico y en la que se centra en los temas místicos que iban a marcar la última etapa de su producción intelectual.

En la recta final de su vida iba a escribir sus dos grandes creaciones: “Las prisiones de la Reina de Navarra”, en la que condensó sus inquietudes filosóficas, teológicas, místicas y artísticas, y el “Heptamerón”, que está considerada como su obra cumbre. Siguiendo el modelo del “Decamerón” de Bocaccio, Margarita hace que cinco hombres y cinco mujeres, atrapados por el derrumbe de un puente a causa de una fuerte lluvia, cuenten una historia cada día durante diez jornadas hasta completar cien relatos. Sin embargo, la reina navarra solo pudo completar siete jornadas, de ahí el título de “Heptamerón”, porque la muerte la sorprendió sin terminar de escribirlo. En esa obra, según señala el historiador Jon Oria, «Margarita hace feminismo intelectual, ya que si en el “Decamerón” Bocaccio hace que los hombres se rían de las mujeres, en el “Heptamerón”, Margarita hace que las mujeres ridiculicen a los hombres».

Margarita de Navarra murió el 21 de diciembre de 1549 en el castillo de Odos, cerca de Tarbes, después de una sesión de baños en Cauteretz, adonde se había desplazado para aliviar su artrosis. Tal y como había fijado en su testamento, fue enterrada en la catedral de Lescar, aunque expresando su deseo de ser inhumada bajo el mausoleo de Carlos III el Noble en la catedral de Iruñea. De esa manera, la soberana ponía una vez más de relieve el deseo que había manifestado a lo largo de su vida de que volvieran a unirse la Alta y la Baja Nafarroa en un Estado independiente. De hecho, por ese motivo no se levantó un mausoleo sobre su tumba.



Juana, continuadora de su labor. En el momento de morir, se encontraba junto a ella su hija Juana de Albret, que se convertiría en reina de la Nafarroa independiente en 1555, cuando falleció su padre Enrique II. La nueva soberana se preocupó de preservar para la posteridad las obras de su madre. Pero Juana fue más allá con el legado de Margarita. Por un lado, avanzó en el ámbito de las reformas religiosas hasta convertirse al calvinismo en 1560. Además, decidió potenciar la labor educadora emprendida por su progenitora al procurar «fomentar la ilustración del pueblo mal instruido y la educación de un clero ignorante elevando el nivel cultural de sus cortesanos», señala Oria. Para ello, creó grupos humanísticos denominados «abadías laicas» y que eran academias que seguían la línea de las escuelas filosóficas creadas por su madre en Pau a imagen y semejanza de los centros existentes en Florencia. La máxima expresión de ese esfuerzo por la difusión del saber sería su Universidad calvinista de Orthez. Asimismo, apoyó decididamente a las lenguas de su reino, el bearnés y el euskara, motivo por el que patrocinó la traducción a la lingua navarrorum del “Nuevo Testamento” a cargo de Joanes Leizarraga.

Ese ambiente academicista y humanista atrajo a destacados creadores, como William Shakespeare, según asegura Jon Oria. De acuerdo con sus investigaciones, en su juventud el vate inglés «suponía un problema para su familia, porque no lo podían controlar, ya que andaba constantemente de prostíbulos». En ese momento tan crítico de su vida, Shakespeare desapareció durante siete años. Dónde estuvo es un misterio hoy en día, aunque el historiador navarro está convencido de que visitó la Nafarroa independiente, ya que situó en ella su obra “Trabajos de amor perdidos”, en la que demuestra un gran conocimiento de la actividad intelectual que se desarrollaba en ese lugar y donde se recoge una frase especialmente recordada: «Navarra será la maravilla del mundo».

La reina Juana III falleció en 1572 mientras se encontraba inmersa en los preparativos de la boda de su hijo y heredero Enrique con la princesa francesa Margarita de Valois. Enrique III de Nafarroa terminaría convirtiéndose también en soberano de Francia, con el nombre de Enrique IV, tras renunciar a los principios protestantes en los que había sido educado. Siendo rey francés, se separó de su esposa Margot, quien, para concederle el divorcio, exigió mantener el título de reina de Nafarroa. Enrique accedió a esa petición y Margot fue soberana de Nafarroa incluso después de que su ex marido fuera asesinado el 14 de mayo de 1610 por Ravaillac en una calle de París.

Margarita de Valois prosiguió en sus dominios pirenaicos con la tarea intelectual de sus predecesoras hasta que falleció el 27 de mayo de 1615. Heredó el trono Luis XIII, hijo de Enrique IV de Francia y María de Medicis, segunda esposa del monarca navarro. El nuevo rey no tenía el talante ni las aspiraciones reunificadoras de sus predecesores en el trono de Nafarroa y en 1620 anunció a través de un edicto que «la unión del Reino de Navarra y de la Soberanía de Bearn a la corona de Francia era total, definitiva e irrevocable».

De esa manera, Nafarroa dejaba de ser un Estado independiente con ocho siglos de historia y comenzaba el desmantelamiento de los centros de saber creados en los últimos cien años. Así se ponía fin al experimento intelectual y de tolerancia liderado por Margarita y que, como ya vaticinó Shakespeare, nos sigue maravillando hoy en día.

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