1743: De cuando la Inquisición persiguió a las monjas carmelitas de Corella por satánicas



 




Pedro Pérez Bozal

La incapacidad del ser humano para dar respuesta a las dos preguntas antropocéntricas que se lleva haciendo desde que se bajó del árbol, qué hacemos aquí y a dónde vamos, es el caldo de cultivo del que surgieron las religiones, hipótesis acientíficas que fueron cartelizándose desde el paganismo politeísta que adoraba al Sol hacia unas sectas monoteístas que dosificaban normas morales, mentiras paliativas, prácticas rituales y populismo social. 

Los ingenieros sociales que diseñaron estas sectas necesitaban hacerse entender y respetar por unos semejantes de los que pensaban en algunos casos con razón, que eran todavía animales domados por sus más bajos instintos. Y para ello hicieron guardar la viña con el miedo que infundía el Diablo y otras equivalencias que representan, en la práctica totalidad de religiones hegemónicas en la actualidad, a un Dios del mal que había sido expulsado del paraíso idílico que aguardaba como regalo a los obedientes: el cielo. 

Ese mundo maniqueo comenzó a agrietarse con la Ilustración, combate humanístico contra la ignorancia, la superstición y la tiranía. Las luces acabarían tumbando al Antiguo Régimen, pero hubo fuerzas privilegiadas que mostraron resistencia desde dos siglos atrás: una bula promulgada por el papa Inocencio VIII en 1484 reconocía y pasaba a perseguir la brujería, que en los seis siglos anteriores había sido calificada como un 'pecado venial'. 

Esta postura intransigente de El Vaticano contribuyó a la histeria colectiva que sacudió Europa principalmente en los siglos XVI y XVII con martillos como la Santa Inquisición española, grotesca adaptación ibérica impulsada por los Reyes Católicos y protegida por distintos monarcas españoles hasta su desaparición... en 1834. 

Restaurando a las brujas

El Parlament de Catalunya aprobará hoy una resolución que buscar reparar la memoria de las brujas que ardieron en las hogueras inquisitoriales. Esta iniciativa parte de la revista histórica Sapiens, que lidera la campaña 'No eran brujas, eran mujeres' que sigue la estela del movimiento feminista, reivindicador de la bruja como símbolo de mujer empoderada (ya que contaba con 'poderes' psicológicos y médicos: predicciones e infusiones). 

La Cámara catalana instará a los ayuntamientos a dedicar el nombre de algunas calles a esas mujeres, muchas de ellas solteras, que fueron acusadas de adorar al Diablo, arruinar cosechas y propagar el mal entre sus semejantes. 

Estas, bajo tortura,no tenía más remedio que admitir fechorías que no hacían, poseer poderes sobrenaturales que no disfrutaban y ver al Diablo (al que quizá habían intuido tras el consumo de estramonio vía vaginal, del que surge la imagen icónica de la bruja subida a la escoba o palo para extender ungüentos en los akelarres, 'discotecas medievales'). 

Una de las intenciones del Parlament con medidas como estas es cambiar una situación que provoca, tal y como subraya la reciente investigación de la Universidad Pablo Olavide de Sevilla, que apenas el 12% de las calles del Estado español están dedicadas a mujeres. 

En Navarra está habiendo un acercamiento respetuoso y academicista hacia la brujería, véase el monográfico de la revista Príncipe de Viana al historiador danés y experto en brujería Gustav Henningsen, enamorado de Zugarramurdi y donante de un valioso bibliográfico y documental a la UPNA. 

O la iniciativa del campus de la UNED en Tudela, que este pasado mes de noviembre realizó el curso 'La caza de brujas en la España moderna y su contexto europeo' bajo la dirección de Jesús Mª Usunáriz Garayoa, profesor de la Universidad de Navarra. 

Corella, 1743

No habrá que subir a los valles del Roncal y Salazar ni retrotraernos al 1610 del proceso inquisitorial de Zugarramurdi que afectó a más de medio centenar de personas para ver las huellas de la adoración al Diablo, véase la imagen de Satanás sentado en un trono en la Puerta del Juicio de la Catedral de Tudela, ni para abordar temas de persecución por brujería o adoración a Belcebú. 

Y es que Corella en 1743 todas las miradas apuntaban al convento de las Carmelitas Descalzas, que había comenzado a construirse 12 años atrás con el ánimo de que esta orden, ya presente en el municipio en otro convento masculino, custodiase la talla de Nuestra Señora de Araceli que había aparecido bajo la ermita de Santa Lucía de Araciel. 

El origen del runrún estaba motivado por el proceso incoado en Logroño por la Santa Inquisición contra varias monjas del convento lideradas por la priora y fundadora, la célebre corellana Águeda Luna, descendiente de familia noble. 

El texto jurídico presenta a "María Josefa de Jesús Álvarez de Terroba, natural de Moreda, de 31 años de edad, carmelita descalza en el convento de Corella, de oficio boticaria, condenada por cómplice de la madre Águeda en sus ficciones, apostasía de nuestra santa fe, pacto expreso con el demonio, teniendo comercio torpe con él y con los religiosos cómplices con pretexto de obediencia y confesión". 

Se supone que la madre Águeda, natural de Corella, fundadora del convento y con fama de santa y milagrera, instó a su subordinada a pactar con el Diablo y convertirlo en su esposo: "Tenía por falsos todos sus misterios, ultrajaba las imágenes de Jesucristo, reverenciando y dando culto hincada de rodillas al Diablo cuando le llamaba y aparecía visiblemente en forma de mancebo hermoso". 

"Todo ello lo ejecutó repetidas veces renovando el dicho pacto y exhortando a la perseverancia y continuación a los demás cómplices del grupo, que son 7 entre monjas y religiosos, los cuales se reunían en la celda donde aparecía el diablo para adorarle. En esos momentos, todos tenían acceso carnal con el demonio, con deleite y con mucha frecuencia", añade el auto de fe. 

Águeda, acusada de quedar embarazada de los monjes y abortar en varias ocasiones, murió antes del auto de fe durante los violentos interrogatorios a la que fue sometida en la cárcel de Logroño por parte de la Inquisición, que creía que la priora adoraba al demonio. Su subordinada, María Josefa, finalmente se libró de la hoguera, tal y como reza la sentencia condenatoria dictada en Logroño. 

La Inquisición dice "que en la sala de la audiencia salga en forma de penitente con sambenito de media aspa, se le lea su sentencia con méritos, sea absuelta ad cautelam, gravemente reprendida, advertida y conminada y reclusa por tiempo de dos años en el convento de su religión de Pamplona, privada de voz activa y pasiva, de velo negro y tenga el último lugar en los actos de comunidad excepto en legas y novicias, no pueda tratar ni comunicar de palabra ni por escrito con persona alguna de afuera y en el convento". 

"Solo podrá tratar con la religiosa o religiosas que a la prelada le pareciese necesario, sea encargada a persona docta y virtuosa (que no sea de su religión) para que la fortifique en la mística y los misterios de nuestra santa fe y cuide de su dirección y gobierno espiritual", añadían. 

Brujas en la Ribera

J. M.ª Iribarren opina en su 'Retablo de curiosidades' (1954) que estos mitos suelen acaecer estos fenómenos en lugares sometidos "al influjo druídico de los bosques y de las cuevas" por "el misterio inherente a la oquedad". 

El escritor tudelano señalaba que "raro será el pueblo de la Ribera que no cuente con su brujo o su bruja contemporáneos" y recoge varias personas acusadas de brujas en el siglo XX: en Monteagudo, la tía Flora; en Arguedas, la Caramba y el Ostión; en Fitero, la Choya; en Cintruénigo, la Morundaca; en Valtierra, un hombre "mucho malo que guardaba los diablos en un cañuto y, con esto, tenía poder"; y en Milagro, la Cartago.