Érase una vez un señor llamado Santiago Abascal que durante su juventud hizo carrera política diciéndose antinacionalista y que en su madurez hace carrera a lomos del nacionalismo excluyente con oportunistas visitas a Ceuta que buscan emputecer el ambiente. 

¿Su intención? Reanimar las perspectivas electorales de su partido gracias a la receta clásica: apuntando abajo, o sea, disparando a los más débiles (tal y como hicieron en la precampaña de las elecciones madrileñas contra menos de 300 niños, linchados por un partido como Vox que defiende a los niños youtubers que se marchan a Andorra y a los 'menas' que son promesas futbolísticas). 

En líneas generales el PP, a pesar de sus excesos y defectos, nunca ha metido en la agenda política a la inmigración aunque siempre haya tenido una pose hipócrita (al igual que parte de la izquierda, y es que la xenofobia es más transversal de lo que la gente cree). 

Pero Vox sí la mete en agenda mediante perfomances en las que imitan al lerrouxista Albert Rivera, que hacía campaña en Caracas o en Alsasua por el rédito electoral que podía sacar de dramas como una crisis política y económica al otro lado del charco o por las protestas motivadas por un claso flagrante de persecución judicial por criterios ideológicos e incluso geográficos. 

Abascal, que se hace pasar por emprendedor a pesar de no haber cotizado ni un día en la empresa privada, posa en modo militar a pesar de haber sorteado la 'mili', y se hace el regeneracionista a pesar de haber sido enchufado por dos veces en chiringuitos infectos creados por Esperanza Aguirre, ahora quiere hacerse pasar por un dirigente que defiende la soberanía española cuando Vox, como casi todo el nacionalismo español, es parte de una banda de acomplejados que como no quieren decir que son andaluces o castellanos se hacen pasar por estadounidenses. 

Por eso intentan chapurrear inglés, aplauden la presencia de militares yankees en Rota y Morón, estudian masters que no saben pronunciar, son anglófilos y vascófobos (en vez de reivindicar el euskera o la pelota vasca como un producto nacional), y aceptan que EEUU lleve medio siglo colonizándonos culturalmente a través del cine, las series y la música. Ya lo digo el futbolista negro Eto'o: "En España no hay racismo sino clasismo porque a mí me aplauden al entrar en los restaurantes". Y es que los petrodólares deslumbraban a los fachas marbellís, a los que no les daba asco el dinero musulmán pero sí los musulmanes pobres.

Los nacionalistas españoles se hacen los señoritos en los toros, pero no dejan de ser los mayordomos del capitalismo made in USA. Y se hacen los librecambistas a pesar de que sus modelos, Florentino Pérez, viven de la obra pública comprada a base de mordidas a Pujol o al que toque. O cuando atacan a la nacionalización de sectores estratégicos pero les parece cojonudo que se nacionalicen las nóminas, los ERTE en los pandemia, o que se nacionalicen las pérdidas de la banca. 

Y es que solo son racistas con los inmigrantes en situación de vulnerabilidad. Porque les encantaba ver como 'Campechano I' hacía de comisionista en Arabia Saudí o le lamía las botas a las teocracias feudales. O como Vinicus mete goles. O como Vox, tal y como ha reconocido Iván Espinosa de los Monteros, fue financiado en sus inicios por un grupo de exterroristas iranís que eran musulmanes (hecho que no conllevó tribunales porque en 2014 no consiguieron representación en las europeas y no tuvieron que rendir cuentas como sí hizo Podemos, al que los tribunales han dado siete veces la razón ante la trola de que fueron financiados ilegalmente por Venezuela). 

En definitiva, que la derecha mundial ha pasado de creer en Dios a creer en el 'Dios Dinero', tal y como detectó Marx. Y por eso, en vez de ser compasivos con el débil, tal y como simulan cuando van a misa, ven con normalidad que Abascal haya bajado dos veces a Ceuta en menos de una semana para robar votos en vez de repartir abrazos como hace la Cruz Roja. 


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