Vía: Martín Barriuso, Viento sur

Cuando la primera oleada de COVID-19 se aleje, ¿nos relajaremos aliviados olvidando que probablemente este mismo virus u otros peores volverán en algún momento a amenazarnos, o empezaremos a formar a la población para que sepa cómo actuar la próxima vez? ¿Se diseñarán protocolos para que en cada sector productivo sepan lo que hay que hacer cuando ocurra algo parecido?

¿Se asumirá por fin que una asistencia sanitaria universal y gratuita, que incluya a las personas sin recursos y a quienes están en situación irregular, es la manera más eficaz de proteger a toda la población de pandemias como la que vivimos?

¿En adelante nos lavaremos a menudo las manos con jabón y nos pondremos mascarilla cuando notemos síntomas de gripe o volveremos a dejar que mueran miles de personas ancianas o inmunodeprimidas porque la gripe no nos asusta como el coronavirus y además pensamos que nosotras no vamos a morir de eso?

¿Dejaremos que nuestra alimentación siga dependiendo de grandes cadenas de distribución que empobrecen al campesinado de todo el mundo y precarizan a sus propios trabajadores, o apostaremos de una vez por esas agricultoras y ganaderos locales que, en pleno confinamiento, son capaces de entregar a domicilio alimentos de calidad que, además, no han pasado por quién sabe cuántas manos? ¿Se entenderá por fin qué es y porqué es tan importante la soberanía alimentaria o dejaremos que el sector primario siga agonizando? ¿Comprenderá ahora la gente porqué un animal confinado no puede estar sano, o seguirán comprando huevos de gallina enjaulada?

¿Seguiremos creyendo que progreso y bienestar equivalen a gastar el dinero público en trenes de alta velocidad, puertos deportivos y autopistas de dudosa utilidad, o entenderemos la urgencia de revertir el austericidio que han sufrido desde hace más de diez años los servicios sanitarios, las prestaciones sociales, la educación y la investigación científica, cuyo tremendo deterioro ha dejado en evidencia la crisis del COVID-19?

¿Valoraremos la importancia real de las labores de cuidado, remuneradas o no? ¿Entenderemos que son mucho más importantes para nuestra calidad de vida que lo lejos que vayamos de vacaciones? ¿Sobrevivirán esas redes de voluntariado y de apoyo vecinal mutuo nacidas al calor del confinamiento o serán barridas por la lógica del beneficio económico?

Cuando termine este parón que ha dado una mínima tregua en el calentamiento global, ¿nos desquitaremos (si la recesión lo permite, claro) con un frenesí viajero y consumista, olvidando que, aunque acabe la alerta por COVID-19, seguiremos en emergencia climática? ¿Intentaremos a toda costa reconstruir esa frágil normalidad en la que vivíamos o cambiaremos nuestra visión y, sobre todo, nuestros hábitos de vida para que la próxima nos pille más preparados?

¿Nos cuestionaremos nuestro modelo de ciudad, de vivienda, de trabajo, de transporte y de relaciones ahora que sabemos lo vulnerable que es nuestro cacareado bienestar? ¿Trataremos de construir entornos urbanos más amigables y verdes tras descubrir lo duro que es estar confinados en una jaula de hormigón? ¿Impulsaremos la agricultura urbana y periurbana para asegurarnos un mínimo de alimentos frescos (y un ocio saludable) incluso en condiciones más duras que las presentes?

¿Se darán cuenta por fin los votantes de energúmenos como Trump o Bolsonaro de que sus adorados líderes son simples dementes? ¿O veremos más como ellos?

¿Continuaremos despilfarrando plástico en gilipolleces de un solo uso o lo reservaremos, visto lo visto, para esas pocas cosas que de verdad merece la pena que sean desechables, como mascarillas, guantes o jeringuillas?

¿Controlaremos mejor el uso de antibióticos, prohibiendo el uso en animales sanos que hace la ganadería industrial (60% del consumo de antibióticos en la UE), o seguiremos contribuyendo a que alguna bacteria multirresistente se convierta en la siguiente pandemia?

¿Aprenderán los gobiernos que las mayores amenazas para la seguridad no se resuelven con más gasto militar, sino invirtiendo más en investigación y en servicios sanitarios y sociales de calidad? ¿Se percatarán de que los ejércitos son más útiles levantando hospitales de campaña que lanzando bombas para causar muertes de supuestos enemigos? Ya puestos, ¿entenderán que para eso ni siquiera hace falta un ejército?

¿Seguiremos aumentando nuestra dependencia económica y tecnológica de China o caeremos en la cuenta de lo peligroso que es seguir alimentando al monstruo? ¿Entenderemos que la supuesta “eficacia” del régimen chino se basa en la censura informativa y en someter a su pueblo al imperio del terror, y que si producen tan barato es porque la mayoría de su población vive en unas condiciones equiparables, en materia de libertades y derechos, a la servidumbre feudal? ¿Volveremos a cerrar los ojos porque muchas empresas occidentales obtienen grandes beneficios gracias a la opresión de 1.400 millones de personas? ¿Caeremos incluso en la tentación de imitarles?

Ahora que tanta gente ha descubierto que puede hacer su trabajo desde casa, ¿aprovecharemos para flexibilizar horarios, favorecer la conciliación familiar y mejorar la vida de la gente, o se usará el teletrabajo para intentar atomizarnos y precarizarnos un poco más?

Ante la brutal recesión económica que se avecina, ¿rescatarán de nuevo los gobiernos y la UE a los bancos y grandes empresas, recortando servicios públicos y prestaciones sociales? ¿Daremos dinero, por ejemplo, a las compañías aéreas para compensarles por su bajada de beneficios mientras volvemos a quitarles recursos a los hospitales y residencias, aun sabiendo el riesgo de colapso que correremos cada vez que haya una nueva crisis?

Esa gente que increpa a sus conciudadanas que se sientan en un banco o que controlan cuánto tiempo pasea el perro el vecino, ¿usarán ese fervor inquisitorial para denunciar por fin a ese vecino que maltrata a su pareja o para reñir (de buen rollo, a ser posible) a las que sabotean la separación de residuos? ¿Harán caceroladas cuando lleguen de nuevo los recortes?

¿Nos daremos más besos y abrazos ahora que todo el mundo dice echarlos tanto de menos?

¿Continuaremos enviando gigas y gigas de banalidades y bulos para matar el aburrimiento sin reparar en el enorme gasto energético que hay detrás de la mal llamada “nube”?

¿Caeremos en la cuenta del peligro que corremos por dejar la salud y la sanidad en manos del capitalismo global? ¿Aprenderemos que la salud pública es una cuestión crítica que debe ser planificada y dirigida desde instituciones públicas democráticas y no basarse simplemente en la búsqueda del beneficio económico de una minoría?

¿Están las autoridades sanitarias evaluando las consecuencias en la salud pública que sin duda está teniendo el confinamiento? El incremento del sedentarismo, la mala alimentación, el consumo de drogas legales e ilegales, la reclusión, los conflictos, la falta de contacto con la naturaleza, el estrés, y todo lo demás, ¿cuántos ictus, suicidios, depresiones, arterioesclerosis, lumbalgias, o infartos extras podrían llegar a provocar? Dado que convivimos con relativa normalidad con pandemias recurrentes como la gripe que, aun disponiendo de vacunas, provocan cientos de miles de muertes cada año, ¿disponemos de algún criterio claro para decidir en qué momento empieza a compensar asumir los costes de un confinamiento severo?

Yendo un paso más allá, ¿qué estaría pasando si las tasas de contagio y de mortalidad por el coronavirus fueran mucho más altas? ¿Cuánto duraría nuestro sistema social antes de colapsar si se extendieran por el mundo enfermedades tan mortíferas como el Ébola? ¿Cuánto puede funcionar en confinamiento total una sociedad que importa gran parte de su comida y la inmensa mayoría de suministros sanitarios e industriales? ¿Alguna institución europea o estatal ha calculado cuánto tiempo tardaríamos en llegar al caos total si, en vez del parón parcial que estamos viviendo actualmente, la paralización del comercio mundial fuera casi total? ¿Hasta cuándo dejaremos que, en nombre de la religión del neoliberalismo, los sectores económicos que consideramos esenciales se deslocalicen y escapen totalmente al control público?

Y si esto se sigue alargando, ¿cuánto puede aguantar una sociedad sana sin paseos, sin manifestaciones y casi sin derechos, sin escuelas, fiestas ni reuniones, sin bares ni deportes, sin playas ni ligoteo, una sociedad de máscaras y aislamiento? ¿Acabará el miedo haciendo que nos resignemos a una vida que hasta hace poco la mayoría habría considerado indigna de ese nombre?

En definitiva, ¿dejaremos que las respuestas a estas preguntas las decidan, como siempre, en el Foro de Davos o en la reunión del G7, o lucharemos cada una y cada uno desde nuestra pequeña parcela para conseguir un nuevo modelo social que tome en cuenta las duras lecciones que estamos aprendiendo en estos días que están cambiando nuestras vidas? ¿Permitiremos que esa “nueva normalidad” que ya nos anuncian se construya por decreto? ¿Legitimaremos unas nuevas normas sociales dictadas en un tiempo sin elecciones y sin derecho de libre circulación?

Mucha gente cree que, después de esto, muchas cosas han de cambiar en el mundo. Sospecho que, si queremos que eso pase, lo primero que tenemos que hacer es mirarnos hacia adentro, hacernos muchas preguntas, y tratar de cambiar nosotras mismas. Aprovechemos estos días para empezar la tarea.
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