domingo, 15 de diciembre de 2019

La historia del relojero ciego de Ajangiz







Vía: Radio Euskadi

En la sección El Armario del Tiempo Álvaro Arbina cuenta la historia de Andrés López de Larrucea, nacido en un caserío próximo a Gernika, en Ajangiz. Perdió la visión por completo a los 7 años. Estaba jugando con un hermano a explotar botes con cal cuando la sustancia alcanzó a ambos niños en los ojos. Su hermano se salvó, en palabras de la familia, tras mucho lavado con vino. Pero Andrés perdió por completo la visión.

A partir de entonces, Andrés empezó a fabricar albardas para burros, pero era más conocido por otras dos habilidades. La primera era bastante habitual entre los invidentes de la época: la de afinador de acordeones e incluso la de tocarlos en las romerías de la zona, como las conocidas de Mendata o Lekeitio. Pero lo más llamativo era su otra especialidad, la de la relojería, una rareza casi inconcebible que ni él mismo era capaz de explicar. Según él, cada vez que oía las campanadas anunciando la hora, se sentía tan atraído por sus rítmico y resonante sonido, que su mente le pedía a gritos intentar conocer esos mecanismos tan imponentes. Pero claro, nadie esperaba que hasta el punto de saber cómo arreglarlos. Tardó años en aprender, pero finalmente lo consiguió y acabó siendo el famoso relojero ciego que iba de caserío en caserío recomponiendo resortes y engranajes.

Andrés se convirtió en un personaje muy conocido en la zona de Urdaibai, pero su fama se extendió más allá de las fronteras de Bizkaia y de Euskadi. De hecho, la revista Cuadernos de relojería le hizo una entrevista en 1945 en la que explicaba cómo aprendió a recomponer esas maquinarias tan diminutas y compactas. Según Andrés nadie le enseño nada sobre el arte de la relojería. Tuvo que aprender solo, con muchísima paciencia. Desmontó por completo un despertador y, pieza a pieza, fue descubriendo su forma de funcionar. Incluso se lo ponía en la boca y con la lengua llegaba a los más pequeños orificios hasta conocerlo con exactitud cada forma, cada componente, sus tamaños y sus durezas, sus localizaciones precisas. De hecho, para afinar su reconocimiento de cada resorte, cuando desmontaba el despertador en sus cientos de piezas, las introducía en una caja y las mezclaba con otras piezas para después buscarlos.

Cuando le entrevistaron de nuevo en 1954 y le preguntaron por el primer reloj que arregló, Andrés dijo: “de eso hace ya 34 años y hoy en día ese reloj sigue funcionando”.

Se dice que comenzó cobrando un duro más el almuerzo o la comida, pero su tarifa fue aumentando con los años hasta los cinco duros. Era conocido por aparecer con su makila y su pequeño bolso con el escaso instrumental de reparación. Pero su característica mas conocida fue la de sus horas de trabajo. Si la reparación tenía lugar en su propio caserío, Andrés prefería trabajar por la noche, inmerso en una oscuridad que habría impedido el trabajo de cualquier otro relojero. Según él, en el silencio de la madrugada, el tictac de la maquinaria y las rozaduras sigilosas de las piezas llegaban a sus oídos con mas claridad, lo que era vital para un acertado diagnostico.

La fama de Andrés llegó hasta tal cota, que algunas de sus visitas congregaban a un público fascinado. Muchos recuerdan el día en que reparó el reloj de pared del Hotel Vasco de Gernika, que se paraba en los cuartos. Según Andrés, cuando llegó allí el salón estaba lleno con la gente del pueblo, esperándole. Se subió a una silla y, después de quitarle la tapa con el cristal, estuvo palpando las agujas. No debió tener mucho trabajo, porque enseguida cerró la esfera y, con un ligero movimiento, la situó de forma distinta. Al parecer, según explicaría después, era una tontería: el reloj estaba desnivelado. Pero a los congregados la presteza de su arregló los dejo impresionados. También logró poner en marcha el reloj de la iglesia de Muxika, que requirió un diente extra en un engranaje defectuoso. Y, por supuesto, no faltaban los escépticos que trataban de ponerle en aprietos con algún desafío, como aquel de Durango que le entregó una caja de zapatos con un montón de piezas dentro y, dos días después, recibió el reloj perfectamente montado.

Uno de los trabajos de los que se sentía más orgulloso fue un reloj de pared que tenía los piñones gastados, por lo que tuvo que hacerlos de nuevo con sus propias manos.

Le hicieron una última entrevista en noviembre de 1968, cuando Andrés ya contaba con 77 años y se había retirado de andar por los caseríos. Pero aún así, según el periodista, la gente le visitaba a menudo y aún seguía rodeado de relojes averiados.

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