Efemérides. Entre el fanatismo y la reivindicación








POR ARANTZAZU AMETZAGA IRIBARREN:

Hacia el 644 de la era cristiana, el califa Umar ordenó la quema de la biblioteca de Alejandría, saqueada anteriormente por emperadores romanos y fanáticos cristianos con el criterio de que lo que se decía en el Corán bastaba para todo creyente, sobrando los escritos acerca del mismo a favor o en contra. No fue un caso único, pero sí el más doliente del fanatismo contra la cultura, reproducido luego en Europa, con sucesos como el de Savonarola, quemando cuanto libro consideraba inmoral.

En Granada, S. XVI, se incineraron libros escritos en árabe por parte de la Inquisición, que entre quema y quema de herejes instaló el índice de libros prohibidos que casi llega hasta nuestros días. El control intelectual sobre el libre pensamiento. En 1933, los nazis calcinaron libros judíos en un acto vandálico que anunciaba la guerra, el Holocausto, consolidaba la Gestapo y el nazismo. Todo lo extraño es peligroso, indicaron estas acciones incendiarias y primitivas, bien distantes a aquello de que nada de lo humano me es ajeno.

En 1936, las tropas de Beorlegi entraron en Tolosa, y entre sus acciones de castigo no se unieron al alzamiento, quemaron la editorial de López Mendizabal, nabarro de Lodosa, impresor de libros en euskera, autor del famoso Xabiertxo, herramienta de aprendizaje del idioma arrasado frontalmente por gobiernos centralistas de Madrid durante centurias.
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Tres años después, López Mendizabal y un grupo de vascos entre los que se encontraban miembros de la familia Irujo de Lizarra entraron en la Argentina mediante un decreto emitido por su presidente, Roberto Ortiz Lizardi, hijo de nabarros, casado con una mujer de Iparralde y cuyo confesor, Pedro Goikoetxea, era gipuzkoano. Gracias a este decreto centenares de vascos entraron por el puerto de Buenos Aires y en una semana, caso de mi padre, obtuvieron tarjeta de residencia y empleo. En Venezuela, creada una junta de inmigración, se daba preferencia a los vascos, entre los que había nabarros, como inmigrantes de aquella famélica y militarista Europa donde campeaban Hitler, Mussolini, Franco y Stalin. No fue así con otras nacionalidades europeas.

En 1943, los vascos exiliados y los hijos de los antiguos pastores convertidos en empresarios realizaron la Semana Vasca en Montevideo, donde se expuso la cultura de los siete territorios históricos. Fue una novedad exteriorizar trajes de Ronkal en grupos de baile, impartir conferencias en la radio y Paraninfo universitario, exponer cuadros, canciones y danzas. En el desfile inaugural por la avenida 18 de julio de Montevideo encabezaba a la multitud el presidente uruguayo, Juan José Anezaga, hijo de vascos, con delegados de Chile y Argentina, y tras las banderas desplegadas de Argentina, Chile y Uruguay, ondeaba la ikurriña. Al año siguiente se instaló una Cátedra de Euskera en la Universidad de Montevideo.

Se reivindicó el euskera no solo como distintivo de los vascos sino como patrimonio de la Humanidad. Wilhmen Humboldt, padre de la Filología moderna, lo pregonó como idioma común del territorio que hoy denominamos Euskal Herria, con la flexibilidad suficiente como para adaptarse a los vocablos modernos de la ciencia, humanidades, técnicas y expresiones de la vida moderna.

En el Estado español, en las oscuras décadas franquistas, la persecución contra el euskera fue implacable. Se convirtió en un idioma clandestino en riesgo de extinción. Gracias a la formidable determinación de un pueblo orgulloso de sus raíces, se pudo recobrar en tiempos democráticos una normalización de la lengua vasca que desde las ikastolas accede a las universidades. Hay quienes, prosiguiendo con la tarea de exterminio, continúan llamándola, peyorativamente, vascuence.

Una marcha contra un idioma es una barbaridad cultural. Se manifiesta y a pie, por reivindicar derechos en peligro, y no creo que la lengua castellana esté en ello por protestar contra las pensione congeladas, contra la corrupción que pudre partidos como el PP, contra sentencias laxas como el caso de La Manada o la larga e injusta prisión de los jóvenes de Alsasua que, vistos los últimos casos de la Guardia Civil en el Estado, resulta un evidente atropello…, pero ir en contra del idioma de una comunidad a la que otorga nombre como a su geografía y pueblos, a los apellidos de sus habitantes, resulta afrentoso. Hiriente para quienes amamos el euskera, hemos luchado por su recuperación y estamos orgullosos de que nuestros hijos y nietos lo usen como lengua vehicular, sin desdeñar las demás lenguas que nos rodean y dan aporte cultural a su educación, el gran bien humano.

Alarmante es la pretensión de que semejante manifestación de disparates verbales y excursiones en buses, a la que se añade, creo que para disimular lo soez del reproche intrínseco, un toque de protesta contra el Gobierno, sea sufragada por los ayuntamientos, ignorando la realidad social de que los mantenemos con los impuestos de todos. Se trata de un tema cultural, de respetar un afán social por una expresión específica de memoria colectiva y personal. Ningún edil debería pronunciarse sobre esto porque vulneraría nuestro espacio personal.

Yo pediría a la señora Beltrán y sus socios, que lean El Quijote. Aquel párrafo que dice: …La libertad, querido Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos. Con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra y el mar encubre;por la libertad se puede y debe aventurar la vida.

La autora es bibliotecaria y escritora

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