Pamplona y las tumbas de Mola y Sanjurjo






Pasan los años y ahí sigue, en pleno centro de Pamplona, visible prácticamente desde todos los ángulos de la ciudad. Ahí está, ahí está viendo pasar el tiempo el monumento de “Navarra a sus muertos en la Cruzada”, una agresiva e insolente construcción que alberga los esqueletos de insignes pertenecientes al bando vencedor de la guerra civil. Entre ellos dos fascistas first class: Emilio Mola Vidal y José Sanjurjo Sacanell, dos golpistas vocacionales con vidas paralelas. Africanistas, profesionales de la sublevación y la crueldad, grandes ambiciosos, con dotes de liderazgo y organización, y adictos al placer que proporciona la potestad de mandar y ser obedecidos. Mola nació en Cuba y Sanjurjo en Pamplona, pero su primer destino como teniente fue Cuba. Pelín gafes ambos, eso sí, porque los dos la liaron parda y a los dos acabó saliéndoles el tiro por la culata.


Emilio Mola fue el diseñador del aquel desastre de golpe de Estado del 36 que acabaría desembocando en sangrienta guerra civil. El considerado “director” del “glorioso alzamiento” resultó ser un chapuzas. Y su todavía compañero de tumba, José Sanjurjo, no se le quedó atrás: sus veleidades golpistas le habían llevado a encabezar en 1932 un pronunciamiento que fue un rotundo fracaso. Lo condenaron a muerte, le conmutaron la pena por cadena perpetua y aunque no le permitieron regresar al ejército, al año siguiente lo amnistiaron y se marchó a Portugal, al exilio. Debió pensar que era un hombre de suerte y volvió a tentar al destino con 64 años: en el golpe de julio del 36 sería el jefe del gobierno militar, pero no. Decididamente era gafe, o vaya usted a saber, pero el caso es que la avioneta que acudió el 20 de julio a Estoril para trasladarlo a Burgos se estrelló al poco de despegar y Sanjurjo nunca pudo llegar a ponerse al frente de los golpistas.


Para continuar con los paralelismos, a Mola solo le quedaba estrellarse también en un accidente de avión. Lo conseguiría en cuestión de meses: el 3 de junio del 37, cuando viajaba desde Vitoria al frente de Valladolid, el avión que lo transportaba se estrelló, dicen que por culpa del temporal, en la montaña de un pueblo de Burgos llamado Alcocero. Tenía 50 años. Las dos muertes beneficiaron a Francisco Franco: pista libre para el golpista de El Ferrol, quien desde entonces lideró el fratricidio sin que nadie de su bando osara cuestionar sus decisiones.


Ni Mola ni Sanjurjo supieron nunca que sus espantosos sueños conseguiría acabar materializándolos aquel general bajito y de voz atiplada al que nunca tuvieron en excesiva consideración. La “mosquita muerta”, no obstante, decidió serles agradecido una vez ganada la guerra y en 1942 ordenó levantar en Pamplona, al final de la avenida de Carlos III, el tétrico edificio que perpetuaría la memoria de sus siniestros mentores con el que intentó humillar, sin conseguirlo nunca, la dignidad del pueblo navarro.


Pero el edificio ahí sigue, míralo, míralo. Y con los restos de Mola y Sanjurjo dentro, viendo pasar el tiempo, quince meses después de la llegada a la alcaldía de Joseba Asirón. Por fin el ayuntamiento del cambio parece que se va a decidir a coger el toro por los cuernos. Ochenta años después del golpe -¡ochenta años!- y aún cogiéndosela con papel de fumar no vaya a ser que alguien se enfade. Ochenta años después y con una ley de Memoria Histórica que lleva un lustro pidiendo a gritos ser cumplida. Ochenta años después del comienzo de la guerra civil y aún recurriendo, -¿por miedo a pisar callos?- a la diplomacia de altos vuelos con la iglesia, que cuando cedió la propiedad del edificio al ayuntamiento, lo hizo con algunas condiciones… Diplomacia también con los herederos y allegados de los enterrados. Todo con vaselina, que no duela, en fin… tendrá que ser así.


En un par de meses se exhumarán los restos, la decisión municipal ya está tomada, y se cerrará el edificio. Luego se abrirá un debate para ver qué se hace con él. No se descarta la demolición.


Juan Tortosa, en Público

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